jueves, 25 de mayo de 2017

Un alquiler demasiado elevado

Le palpitaban los oídos, le ardían las mejillas, le martilleaban las sienes, y un tenaz riachuelo helado recorría, con timidez inexistente y dulzura cierta, su espalda quebrada, ya encorvada, y ensuciaba los profundos surcos de sus manos apergaminadas. Sin embargo, la humilde Nympherusa no admitió su derrota hasta que en el último tramo -el octavo tramo- de aquellas sinuosas escaleras sintió flaquear las piernas y sus rodillas claudicaron. Aún así, se negó a apoyarse en la mugrienta pared de pintura desconchada en la que tantos y tantos inquilinos escribieran obscenidades y contra la que alguien, no hacía mucho, defecara; tampoco se sentó en los peldaños astillados -los que todavía ese invierno en las estufas de los vecinos no se quemaran- donde la polilla y la carcoma por doquier anidaban. Por el contrario, de pie, oscilante, combativa, titilante, se obligó a sí misma, con sumo esfuerzo, a seguir con la pupila entrecerrada la enfebrecida carrera del sarnoso gato negro en persecución de alguna rata, a fin de forzar a sus ojos a despejar la nube negra que poco a poco los empañaba. Un zumbido tenue en los oídos y una maldición hecha con desgana. No caería, se dijo la humilde Nympherusa. Tomó una bocanada. El gato hubo de conformarse con una araña. La vida, se repitió, no podía derrotarla. Al otro lado de la pared, alguien gritaba. De repente, un golpe fuerte, una caída, un ruego, un sollozo. Prefirió no saber nada. A través de los ocho tramos de escaleras por medio de multitud de viviendas ya había sido invitada indeseada de demasiadas escenas: un bebé que mamaba, una pareja que con ardor copulaba, un vecino que los espiaba, una vieja que cocinaba, una niña que se afanaba en la limpieza de un suelo que sin querer ella pisara, una mujer que remendaba, un esclavo huido que intentaba deshacerse del collar que lo delataba, un robo a varias casas, dos vecinas que cotilleaban... A unos les era indiferente y otros la despreciaban, pero Nympherusa ya estaba acostumbrada, y ese había sido un día demasiado largo como para que le importara. 

No había empezado bien cuando una de sus vetustas y remendadísimas sandalias se rompiera definitivamente en la bajada a primera hora de la mañana. Mientras aún se quitaba las últimas legañas, hubo de decidir entre no comer o andar descalza; la humilde Nympherusa ni siquiera estaba segura de poder ganar lo suficiente para una de las dos cosas: ya era sólo una puta vieja a la que nadie deseaba, los deshechos de mejores bocas, los restos que la ciudad escupiera con desprecio tras años de devorarla. En el cementerio de Via Ostiense había acechado codiciosa el dolor de los vivos a la espera de aprovecharse de las pertenencias de los muertos. Su nuevo calzado le estaba pequeño y le hacia daño, pero era mucho mejor que pisar desperdicios y barro. En aquella búsqueda había perdido la mayor parte de su día, y los pocos desesperados que la usaron contra las lápidas no la habían arrojado más que miseria. Su estómago rugía insatisfecho después de día y medio. Tendría que esperar aún más, por el momento.... Empujó la puerta carcomida del reducido cuartucho donde vivía; por las rendijas de madera que faltaban se habían colado dos perros callejeros, pero los ocho pares de ojos que se volvieron para mirarla era evidente que agradecían el calor de sus cuerpos. Era noviembre y por la abertura irregular del techo soplaba un viento gélido; el súbito desprendimiento de una viga dos semanas antes había matado a la joven viuda Rectina y dejado cojo al mendigo Thymelicus -lo que, en verdad, y en eso estaban todos de acuerdo, no le venía nada mal para el negocio-. Su sangre aún podía verse en el suelo; en cuanto a su cuerpo, creían que había sido arrojado a la fosa común del Monte Esquilino. Al menos, como hacía tres días, no llovía y el cuartucho no tenía ninguna ventana por la que pudiera colarse más viento. Bajo un cielo cuajado de estrellas, todos se apiñaban en el irregular suelo en torno al brasero que Pomponius, un jornalero recién llegado del campo, había recogido hacia poco de un vertedero; por el orificio de su base tiznaba de continuo los pies y el suelo. Aquel día, el único colchón, aquel sucio colchón que había conocido demasiados dueños y encuentros, le había tocado por suerte a Nereo, un asesino a sueldo. Nympherusa, resignada, se sentó contra la pared, en el diminuto espacio que aún restaba, se enredó en su manto lleno de agujeros y, con las piernas encogidas, se dispuso a dormir sobre el hombro de Riccius, el antiguo y arruinado dueño de una fullonica. El negro humo del brasero, en el que ardían los restos de una silla sustraída a uno de los inquilinos del cuarto piso, no tardó en embotar sus sentidos y solamente alcanzó a dar su consentimiento para dar la bienvenida al día siguiente a un décimo compañero de cubículo: era la única opción para pagar el elevado alquiler que se les exigía. Aquel fue, sin duda, el último pensamiento de su vida.

Dijeron que el fuego se originó en la panadería de la planta baja, que algún esclavo descuidado, es posible, no apagó bien el horno tras dorar los últimos panes del día. O que algún brasero olvidado prendió la sábana de alguna cama. Lo cierto es que las llamas, en aquel edificio atestado de más de cuarenta años, se extendieron con rapidez por las maderas secas y ancianas mientras todos en su interior dormían, y aunque los inquilinos de las primeras y más lujosas plantas salieron sin muchas complicaciones y salvaron sin problemas la vida, cuando los que vivían en las plantas superiores y más pobres supieron lo que ocurría, ya era tarde para encontrar una salida. Los más afortunados murieron asfixiados; algunos se arrojaron por las ventanas, desesperados; otros se negaron a rendirse y murieron calcinados. El dueño de la propiedad, un ambicioso joven llamado Numisius Fuscus -que la recibiera en herencia-, impotente y sin ningún daño, lo veía todo desde el otro lado de la calle y se lamentaba con estrépito de sus pérdidas. No tardaron en acudir en su ayuda una cuadrilla de esclavos perteneciente al senador Marcus Licinius Crasus, entrenados en la rápida extinción de incendios.... siempre que antes el dueño vendiera a su amo la propiedad a un buen precio. Ambos hombres negociaron acaloradamente largo tiempo: a medida que ascendían las llamas, el senador bajaba su precio y para cuando el fuego alcanzó al fin el octavo piso, Fuscus tuvo que admitir al fin, por mucho que ello le enfureciera, que poco a poco se estaba quedando sin nada que vender a Crasus. Por cinco veces menos del valor de mercado acabó por ceder la propiedad del inmueble incendiado, y se selló la venta con un apretón de manos en el mismo momento en que la estructura colapsaba de forma definitiva y se derrumbaba con un rugido agónico y lastimero. Al día siguiente, diligentes esclavos de la casa Licinia retirarían por igual escombros y cadáveres y, sin hacer distinción ninguna, vertieron todo en el vertedero más cercano. El senador Crasus no tardó en edificar una nueva insula en el lugar donde se hallara la antigua y en menos de un año, había recuperado sus pérdidas y triplicado los beneficios que una vez Fuscus obtuviera.

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Para saber más:

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jueves, 27 de abril de 2017

¿Una sacerdotisa vestal en Hispania?

Tras hablar de la excepcional necrópolis de gladiadores localizada en la antigua provincia de Baetica -para saber más no dudéis en leer Gladiatores in Corduba-, tras asistir anonadados a La pasión por las carreras experimentada por los romanos y reflejada en dos hermosos epitafios en verso hallados en Tarraco, y tras descubrir sorprendidos El extraño epitafio de Luceia Optata, en que su marido aprovechaba la lápida de su esposa fallecida para arremeter contra ella, hoy os traigo otra de esas inscripciones cuanto menos peculiares de la epigrafía española. Se trata de CIL II 267* y procedía al parecer de Medinaceli, en la provincia de Soria. En la actualidad no se conserva nada de ella, pero la conocemos gracias al historiador zamorano Florián de Ocampo, quién realizó una copia de la misma en la primera mitad del siglo XVI.
Dis Manibus. 
Caiae Proculae Caii Proculi filiae sacrorum ignium deae Vestae custodi fidissimae collegii Vestalium sorori.
Vixit annos XXII menses VII dies IIII cui nulla dies sine manifestatione ardentis pietatis currebat

"A los dioses Manes de Caya Prócula, hija de Cayo Próculo, custodia de los fuegos sagrados de la diosa Vesta, hermana fidelísima del colegio de las vestales. Vivió veintidós años, siete meses y cuatro días; no pasaba un día sin mostrar una encendida piedad"

La extraña estructura nominal de la fallecida, con un praenomen (del que carecían las mujeres romanas) y un cognomen, pero ningún nomen, ya debería ponernos en sobre aviso de lo inusual de la inscripción. También resulta cuanto menos extraño la presencia de una Virgo Vestalis tan lejos de Italia cuando, en general, nunca abandonaban Roma mientras duraba su servicio a la diosa. Sin embargo, sin duda lo más sorprendente del epígrafe es el énfasis que se pone en el fervor religioso de la difunta. El tono y las expresiones utilizadas (con formas postclásicas como manifestatio o currere dies, o la estructura nulla dies sine manifestatione, que recuerda a una famosa sentencia medieval) refuerzan la sensación de encontrarnos ante una religiosidad más propia del medievo cristiano que del imperio romano... y es que así es.

CIL II 267* es una inscripción falsa (el asterisco así nos lo indica ya de entrada) y lo cierto es que inscripciones de este tipo son más frecuentes de lo que en principio pueda parecer. Durante el Renacimiento, y en menor medida, el Barroco, muchos lugares recurrieron a la elaboración de epigrafía falsa para, mediante su atribución al Imperio romano, dotarse de un pasado más glorioso -para saber más os recomiendo leer la introducción de "Epigrafía hispánica falsa del primer Renacimiento español", de Gerard González Germain y Joan Carbonell Manials, que encontraréis online aquí-. En este caso, Medinaceli, fundada sobre los restos de la ciudad de Occilis, aunque en el siglo XVI podía mostrar algunos restos de muralla romana así como el impresionante Arco del Triunfo de tres vanos, único en la península, no había comenzado a destacar hasta la Edad Media, cuando se convirtió en un enclave destacado para el avance de la Reconquista. Mediante CIL II 267*, Medinaceli pretendía reivindicarse así misma y dotarse de la misma importancia histórica, política y cultural que otras ciudades españolas como Tarragona, Cartagena o Córdoba.

No es el único caso en que el culto a Vesta fue utilizado en el Renacimiento en una falsificación epigráfica, ya que el gran prestigio del que gozaron sus sacerdotisas en la antigua Roma hacia su mención idónea para el propósito que perseguían estas imitaciones. También nos hemos encontrado con el caso de CIL II 269*

Publio Sextio Publii Sextii filio sacrorum ignium deae Vestae optime merito inmunitate ad quinquennium opera eius ab imperatore Nerva Traiano Caesare Augusto toti patriae concessa Arcobricenses iuvenes et veteres statuam in foro posuere

"A Publio Sextio, hijo de Publio Sextio, perfecto merecedor de los fuegos sagrados de Vesta, los jóvenes y los ancianos de Arcobriga le han erigido una estatua en el foro, por haber conseguido del emperador Nerva Trajano César Augusto la exención de impuestos a toda la patria durante cinco años"

La inscripción, ubicada en Arcos del Jalón, pretende relacionar esta localidad con la antigua Arcobriga, ciudad de la Celtiberia a la que aluden Plinio el Viejo (Nat. 3, 24) y Ptolomeo (Geog. 2, 6, 57), y en verdad ubicada en Monreal de Ariza (Zaragoza). De nuevo, vemos el intento de otorgar a una determinada localidad un pasado más glorioso, en este caso identificándose directamente con una ciudad romana mencionada en las fuentes escritas antiguas. Sin embargo, comete varios errores que rápidamente nos indican que es falsa: no sólo la estructura nominal inusual de la persona honrada, si no también la cláusula en que se mencionan los Fuegos de Vesta relacionados con un varón y la referencia jurídica a la exención fiscal por parte del emperador. Sin embargo, no siempre es fácil diferenciar auténticas de falsas, tal como podéis ver aquí, asi pues, hay que tener ciudado.

sábado, 15 de abril de 2017

Sobre Judea. Entrevista en la radio

Tras nuestra primera colaboración en su programa inaugural, donde pudimos hablar de nuestras queridas sacerdotisas vestales -podéis escuchar esta primera entrevista aquí: Istopia Historia Nº1 (11-10-16)-, volvemos a ponernos en las manos de Juan Ramón Ortega Aguilera, del blog Istopia Historia, para formar parte de su nuevo y más ambicioso proyecto: un programa semanal de radio sobre Historia emitido por la emisora local Radio Iznájar, el cual se emite todos los martes a las 20:00 y los Miércoles a las 13:00. En esta ocasión, y coincidiendo con las fechas en las que nos encontramos, hablamos largo y tendido sobre el reino clientelar y más tarde provincia romana de Judea: la importancia del legado de Siria y del prefecto de Judea; la decadencia de la dinastía de Herodes; la más que compleja situación política; la relevancia jurídica, social y religiosa del tribunal del Sanedrín; las diversas sectas judías; la figura de Jesús de Nazaret, su relación con los diversos estamentos políticos y religiosos, y la legalidad o ilegalidad de su juicio; la figura histórica de Poncio Pilato más allá de los Evangelios... y mucho, ¡muchísimo!, más
El programa se emitió los pasados días 11 y 12 de abril; sin embargo, por fortuna para aquellos que no pudieron escucharlo, se subió a continuación a Ivoox para que podáis disfrutarlo cómo y cuándo queráis, disponible tanto para escucharlo online como para descargar. Por lo demás, disculpad cualquier error que los nervios hayan podido provocar y tan solo desearos que disfrutéis tanto oyéndolo como yo grabándolo. ¡¡Sin más dilación, aquí lo tenéis!!: Istopia Historia Nº 23 (11-04-2017)

viernes, 24 de marzo de 2017

Magia y tablas de maldición en Roma

Resulta complejo explicar qué se entendía, en el mundo antiguo en general y en el romano en particular, por el concepto de magia; usualmente, suele ser definido como la totalidad de conocimientos y prácticas destinadas a controlar, o al menos a conocer, los efectos de la Naturaleza con el fin último de influir sobre ellos en beneficio propio. La magia, pues, se definía por su carácter manipulativo hacia las potencias superiores. En términos muy simples, en el mundo romano se podían diferenciar dos tipos de magia, una benigna y otra maligna. Las fuentes clásicas hacen referencia a estos dos tipos de magia cuando Heliodoro en sus Etiópicas (Hel. Et. 3, 16, 3-4) defiende: "Hay que distinguir dos tipos diferentes [de magia]: una es vulgar y, por decirlo así, camina sobre la tierra; es servidora de ídolos y da vueltas entre cuerpos de cadáveres (...) La otra, en cambio (...), la que verdaderamente hay que llamar sabiduría (...), mira a lo celestial, convive con los dioses y participa en su poder connatura"

Estas dos actividades mágicas son definidas con dos términos griegos que definen estos diferentes "niveles" dentro de dichas prácticas: la magia, teurgia, y la hechicería, goetía, a las que se relacionan los términos de hechiceras (sagae) y magos (magi) respectivamente.La primera de ellas aparece en la literatura romana, casi en exclusividad en manos de mujeres, aunque este hecho no influya en que, en la realidad, la goetía no haya sido empleada también por hombres. Por el contrario, los hombres están relacionado con un tipo de magia más especializada que requería un mayor grado de conocimiento, que estaba unida a las religiones mistéricas y a los sistemas filosóficos clásicos y era considerada una verdadera techné.

En multitud de ocasiones, sin embargo, las prácticas mágicas están íntimamente vinculadas, siendo imposible en ciertos casos diferenciar entre actividades vinculadas con la goetía o con la teurgia, aunque en general, la principal diferencia es que ésta última está considerada a nivel público como una actividad que logra beneficios para el cómputo de la sociedad y, por tanto, no estaba penalizada ni a nivel social ni a nivel jurídico como lo estaba la goetía. Así pues, esta categoría de magia negra, la goetía, era la que definía en el mundo romano la naturaleza de las prácticas mágicas realizadas por mujeres, cuyo conocimiento nos es transmitido sólo a través de la literatura latina en contraposición a la figura del magus. Las actividades mágicas eran tratadas de una forma u otra en función no del rito realizado sino del sexo de quien oficiaba la práctica.

Las tablillas de maldición, conocidas como tabellae defixionum o defixiones, son una de las fuentes fundamentales para el estudio de la magia en el mundo antiguo. Su principal función era someter a la víctima de la voluntad del defingens, el que realizaba o encargaba a un profesional del mundo mágico la realización del rito de la defixio. El término defixio proviene del verbo latino defigere, cuyo significado lateral es "clavar" aunque, según la tradición, tendría un significado más siniestro, relacionado con "entregar a alguien a los poderes del infierno". A través de estas tablillas, el defingens entregaba a los dioses, generalmente a los dei inferi, mediante un acto mágico a sus enemigos con un objetivo claro de venganza, mostrando la naturaleza perjudicial y nociva que caracterizaba a todos estos objetos mágicos.

Cronológicamente, las tabellae defixionum abarcan una extensión relativamente amplio. Las primeras muestras arqueológicas son fechadas alrededor del siglo V a.C., con una pervivencia que dura hasta el siglo V d.C. Las tabellae defixionum están formadas en un primer momento solamente por la enumeración de los nombres de las personas que se entregaban en maleficio a los dei inferi, evolucionando su composición hasta tabellae en donde llegaron a inscribir un gran cúmulo de palabras, frases, símbolos e imágenes.

En el mundo clásico se creía ciegamente en la posibilidad de maldecir a alguien a través de la palabra estuviera presente o no la víctima de dicho maleficio y, por tanto, se generaron durante siglos toda una serie de ritos cuyo fin principal era el de crear un vínculo con las divinidades infernales con el fin de lograr los objetivos previstos. Unos deseos que frente a la dificultad de conseguirlos a través de las leyes naturales, de las vías "legales", eran buscados con prácticas que pretendían alterar la realidad existente, Junto a la maldición a través de la palabra se consideraba uno de los ritos mágicos más efectivos el escribir los maleficios sobre láminas de materiales diversos, donde el plomo era el soporte más común, para posteriormente ser enrollados, una vez que se pronunciaban una serie de fórmulas y de palabras mágicas que invocaban a las divinidades deseadas; a continuación se procedía a atravesar las tabellae generalmente con clavos de hierro, materializándose de este modo el sentido mismo de execración.

Como muestra la documentación formada por los Papiros Mágicos Griegos, fuente principal para conocer las normas que regían estos ritos, para que los mismos tuviesen la efectividad deseada era esencial, una vez producida la lámina, depositarlas en un lugar adecuado. Estos espacios eran zonas que, según la tradición, estaban vinculadas con el paso al Más Allá, como las fuentes, los cursos fluviales o ciertos lugares próximos a la víctima de la defixio como su hogar. Además, los santuarios de las divinidades ctónicas eran zonas frecuentes en las que se depositaban las tablillas con el fin de que estas divinidades que estaban, según la tradición, en contracto con el submundo, junto con los dei inferi, favoreciesen el cumplimiento de la plegaria realizada en la defixio.

Arqueológicamente, el mayor número de tablillas han sido halladas en necrópolis, tanto dentro del sepulcro como en espacios próximos. En la antigua Roma, la praxis mágica en relación a las tabellae defixionum estaba sumamente vinculada a la necesidad de recurrir a fallecidos de forma prematura o en condiciones violentas que no han sido enterrados según los procedimientos de la religión oficial y, por tanto, vagaban sedientos de sangre al no haber logrado el descanso definitivo -ver nuestro anterior artículo La maldición tras el epitafio-. Se suelen diferenciar tres grupos de difuntos en relación con sus características; aquellos fallecidos que sufrieron una mors immatura, generalmente niños, mujeres en el parto y jóvenes que no han contraído matrimonio; aquellos muertos fallecidos de forma violenta; y finalmente, aquellos humanos que tras su muerte no recibieron las honras fúnebres adecuadas.

Se conocen más de 1.600 tablillas, la mayoría de las cuales están escritas en griego, aunque el latín sigue siendo la lengua imperante en las tablillas halladas en el Occidente del Imperio. Cabe mencionar que existe un número escaso de tablillas que han sido encontradas acompañadas de una serie de figuras que representaban el cuerpo del defixus, de la víctima, una especie de "muñecos vudú" que realmente eran pequeñas figuras de plomo, arcilla o cera, que completaban el ritual mágico de someter a la persona representada a la voluntad del defigens. En cuanto a los materiales, destaca la supremacía del plomo. Tradicionalmente se ha defendido el uso del plomo por su bajo coste, la facilidad que da para realizar inscripciones y su composición, haciendo del plomo el material mejor adaptado para las necesidades que lleva consigo el buen funcionamiento del rito de las tabellae defixionum. Sin embargo, el plomo se relaciona fuertemente con el mundo funerario, puesto que era sinónimo de desgracia y muerte vinculado directamente con el temido dios Saturno, hecho que se observa además en la naturaleza del metal, en su aspecto de palidez y frialdad. Con todo, tanto a nivel arqueológico como literario, se conservan testimonios que documentan el uso de otro tipo de metales tales como estaño y cobre.

Se ha clasificado las defixiones en cinco categorías en función del fin que los defigentes buscasen con la realización de las tablillas. Nos encontramos con defixiones agonísticas, caracterizadas por su contexto deportivo cuyo fin sería la victoria sobre todo en las carreras circenses sobre otros rivales. Las tablillas realizadas en ámbito de lograr justicia por parte del defigens en diversas causas; las relacionadas con intercambios comerciales; las localizadas en contextos judiciales; y, sobre todo, las tablillas eróticas o de motivos amorosos, que buscaban tanto la separación entre dos amantes como el amor incondicional de una persona sobre el definges que realizaba la defixio.

A continuación, como en artículos anteriores -tales como La pasión por las carrerasLos peligros del parto en Roma En memoria del amigo más fiel- os dejamos algunos ejemplos. ¡¡Esperamos que os gusten!!

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El primer ejemplo, AE 2008, 702, fue hallado en la antigua Britannia, en concreto en lo que fuera la ciudad de Ratae Coritanorum, hoy Leicester. Como es lo más frecuentes, se realizó en plomo.

D{a}eo Maglo od eu{u}m qui fr(a)udem
fecit de pa(e)d(ag)o(g)io od el{a}eum qui
furtum de pada(g)o(g)ium sa(g)um
qui sa(g)um Servandi invola-
vit 
S[il]vester Ri(g)omandus
S[e]nelis Venustinus
Vornena
Calaminus 
Felicianus
Ruf{a}edo
Vendicina
Ingenuinus
Iuventius
Alocus
Cennosus
Germanus
Senedo
Cunovendus
Regalis
Ni(g)ella
[[S[enic]ianus]]
od ant{a}e nonum diem
illum tollat
qui sa(g)um involavit Servandi

"Al dios Maglus, le doy al ratero que ha robado la capa a Servandus. Silvestre, Riomandus... (sigue una lista de aproximadamente 18 sospechosos)... Que lo destruya antes del noveno día, la persona que robó la capa a Servandus"

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Del otro extremo del Imperio, proviene AE 1893, 27, en concreto de Hadrumetum, hoy en Túnez. Hallada en la tumba de un niño, nuevamente es de plomo y mide 11 por 9 cm, estando grabada por ambas caras. En la primera de ellas, hallamos grabado un demonio con una cresta de gallina sobre la cabeza; en su mano derecha sostiene un vaso con un asa; en la izquierda, un largo pie rematado en un lámpara, o quizás un incensario. De pie sobre un esquife, en su pecho puede leerse quizás su nombre (Baitmo / Arbit/to) o algunas palabras mágicas (Antmo / arait / to). Tras él hay grabadas más palabras mágicas de significado desconocido (Cuigeu / censeu / cinbeu / perfleu / diarunco / deasta / bescu / berebescu / arurara / baxagra). Sobre el esquife se encuentran los siguientes nombres: Noctiuagus, Tiberis, Oceanus... pertenecientes quizás a caballos. El sentido de la inscripción es claro: el autor, seguramente un auriga perteneciente a la facción roja o la azul o un seguidor de la misma, recurre a la ayuda de un demonio para eliminar a los aurigas y a los caballos de las facciones rivales, tal como deja claro la otra cara de la inscripción.

Adiuro te d(a)emon qui-
cumque es et demando ti-
bi ex (h)a{n}c (h)ora ex (h)a{n}c di-
e ex (h)oc momento ut equos
prasini et albi crucies
oc(c)idas et agitatore(s) Cla-
rum et Felice(m) et Primu-
lum et Romanum oc(c)idas
collida(s) neque spiritum
illis relinquas adiuro te
per eum qui te resolvit
temporibus deum pelagi-
cum aerium Iao Iasdao

"Te conjuro, demonio, quienquiera que seas, y te pido que desde esta hora, desde este día, desde este momento, a los caballos de los Verdes y de los Blancos, tortures y mates y hagas chocar a los aurigas Claro, Félix, Prímulo y Romano y (los) mates, y ni el espíritu de ellos dejes; te conjuro a través de éste que te desligó para siempre, el dios del mar y del cielo"

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Del mismo corazón del Imperio, proviene CIL VI 140, una tablilla plomo de 12 x 27 cm hallada en la Vía Latina de Roma en el interior de un sepulcro. La defixio fue creada con el fin de encomendar a una mujer, Rhodine, a un Dis Pater para que ésta no pudiera complacer a un hombre, Marco Licinio Fausto:

Quomodo mortus qui istic
sepultus est nec loqui
nec sermonari potest s{e}ic
Rhodine apud M(arcum) Licinium
Faustum mortua sit nec
loqui nec sermonari possit
ita uti mortuus nec ad deos
nec ad homines acceptus est
s{e}ic Rhodine apud M(arcum) Licinium
accepta sit et tantum valeat
quantum ille mortuus qu{e}i
Istic sepultus est Dite Pater Rhodine(m)
tib{e}i commendo uti semper
odio sit M(arco) Licinia Fausto
item M(arcum) Hedium Amphionem
item C(aium) Popillium Apollonium
item Vennonia(m) Hermiona(m)
item Sergia(m) Glycinna(m)

"Del mismo modo que el muerto que está ahí enterrado no puede hablar ni conversar, así Rhodine junto a Marco Licinio Fausto sea muerta y no pueda hablar ni conversar. Así como el muerto no ha sido acogido junto a los dioses ni junto a los hombres, así Rhodine no sea recibida junto a Marco Licinio y tenga tanta salud como el muerto que está ahí enterrado. Dis Pater, te encomiendo a Rhodine, que siempre sea objeto de odio para Marco Licinio Fausto. Igualmente a Marco Hedio Anfión, igualmente a Cayo Popilio Apolonio, igualmente a Venonia Hermiona, igualmente a Sergia Glicina"


Fotografía primera: Hécate, diosa de la magia
Fotografía segunda: Papiro mágico griego
Fotografía tercera: Figura de arcilla usada en ritual mágico 

viernes, 3 de marzo de 2017

Las últimas palabras de Nerón

A finales del año 67 o principios del 68, Cayo Julio Vindex, gobernador de la Galia Lugdunensis, se rebeló contra la autoridad del emperador Nerón. Éste enviaría a Lucio Verginio Rufo, gobernador de la Germania Superior, a sofocar la revuelta, y Vindex pidió ayuda a Servio Sulpicio Galba, gobernador de Hispania Citerior, quién sería proclamado nuevo César por su ejército. Verginio Rufo, sin embargo, derrotaría en batalla a Vindex cerca de Vesontio (actual Besançon) y éste se suicidaría; Galba fue declarado, de inmediato, enemigo público por el Senado romano.

Nerón había recuperado así el control militar del Imperio en pocos días, pero su tiempo como César tocaba a su fin. En junio, traicionado por las cohortes urbanas y la guardia pretoriana, ambas sobornadas por Icelo, liberto de Galba, es declarado en su lugar enemigo público y condenado al castigo reservado en exclusiva a los parricidas por el Senado, el cual no tarda en reconocer nuevo emperador a Galba. Nerón huyó de inmediato por la Via Salaria hasta la villa de su liberto Faón, en la que se suicidó un 11 de junio del año 68 con la ayuda de su secretario, Epafrodito. Sus últimas palabras, según Casio Dio y Suetonio, fueron: ¡Qué artista muere conmigo!, en referencia a su afición a tañer la lira y actuar ante el público en la tragedia y la pantomima.

Sin embargo, ¿es ésta afirmación cierta? En realidad, ni fueron sus últimas palabras ni posiblemente quiso decir eso. Vayamos a las fuentes clásicas. Con sentido dramático, sería Casio Dio quién las dejó para el mismo final: “De ese modo se mató, luego de pronunciar esa observación tantas veces citada: ¡Júpiter, qué artista perece conmigo!”.Suetonio, en cambio, las sitúa antes, justo después de la llegada de Nerón a la villa suburbana:
“Al final, mientras sus compañeros lo exhortaban unánimemente a salvarse tan pronto como fuera posible de las indignidades que lo amenazaban, él les ordenó que cavaran en su presencia una fosa proporcionada a la talla de su persona, reunieran todos los fragmentos de mármol que pudieran encontrar y al mismo tiempo llevaran agua y madera para disponer al cabo de su cuerpo. Mientras cada una de esas tareas se cumplía, Nerón sollozaba y repetía una y otra vez: ¡Qué artista pierde el mundo! -Qualis artifex pereo!-”
Los lectores modernos, influidos por la imagen de Nerón trasmitida por las fuentes antiguas y difundida entre el gran público por obras como Quo Vadis? -tanto la novela de Henryk Sienkiewicz como sobre todo la película de 1951 con un magnífico Peter Ustinov en el papel de Nerón-suelen malinterpretar constantemente estas últimas palabras. El término Artifex ,en el latín de Suetonio, o technites, en el griego de Casio Dio, pueden significar ambos efectivamente “artista” en el sentido de intérprete, pero también “artesano”. En este caso, el contexto es esencial: Nerón está dirigiendo la construcción de su última morada... y no era la primera edificación de la que se hacia cargo.
Una de las facetas más desconocidas de Nerón como emperador es su gran labor como constructor, debido en gran parte al incendio del año 64 que arrasó Roma casi por completo y a las posteriores edificaciones de época Flavia sobre construcciones neronianas; las termas de Tito y el Coliseo sobre los restos de la Domus Aurea son ejemplo de ello. A parte de esta, su Casa Dorada, su más famosa obra, y la reconstrucción de Roma después del ya mencionado incendio, Nerón inició en el monte Celio un templo dedicado al divino Claudio; concluyó un nuevo puerto en la ciudad de Ostia y el acueducto conocido como Acqua Claudia; en la colina Vaticana, finalizó el Circo que diseñara su tío Calígula en los jardines de Agripina la Mayor; en el Campo de Marte, levantó un gran complejo termal junto a los baños de Agripa y un nuevo anfiteatro que sustituyera al de Statilio Tauro, ambos de época de Augusto; en el Celio, construyó el Macellum Magnum o Augusti, un gran mercado de alimentos; ayudó a la reconstrucción de Pompeya tras el terremoto del año 62, etc.
Obras de gran envergadura todas ellas en las que Nerón sin duda debió pensar en el momento de pronunciar aquel amargo Qualis artifex pereo! mientras contemplaba la edificación de su sepultura, no una gran tumba digna de un César, comparable al mausoleo que su antepasado Augusto levantara en el Campo de Marte, sino un patético agujero en la tierra. Imposible que no percibiera el contraste entre el gran artista que fue antaño, levantando casi de la nada una nueva Roma, y el lamentable artesano en el que se ha convertido en sus últimas horas. Nerón, por tanto, no llora de forma egoísta y egocéntrica por el artista que con su muerte pierde el mundo, si no por lo bajo que ha caído.


¿TE HA GUSTADO? No te pierdas entonces: 
-Nuestra biografía sobre NerónParte 1 Parte 2
-Nuestros relatos sobre el emperador: 
          -La dulce Actea 
          -Naumaquia 
          -Eunuco Imperial  
          -Los fantasmas de Nerón

viernes, 24 de febrero de 2017

La pasión por las carreras

En nuestro anterior artículo, Gladiatores in Corduba, hablamos del que es, sin lugar a dudas, uno de los hallazgos más excepcionales y, a pesar de ello, más olvidados, de la historia de Hispania romana: una necrópolis dedicada exclusivamente a gladiadores, localizada en la antigua capital de la provincia de Baetica, un caso único en la península ibérica del que existen muy escasos ejemplos en el resto del Imperio romano, destacando Éfeso y Stratonikeia, en la actual Turquía, y quizás también en lo que una vez fue Eboracum, hoy York, en las islas británicas. Sin embargo, cuando nos referimos a los antiguos espectáculos romanos, hay otro caso bastante interesante a tener en cuenta, también en la antigua Hispania, y que, como el ya citado de Corduba, es prácticamente desconocido. En esta ocasión, nos trasladamos a otra capital de provincia, Tarraco, para conocer a Eutyches y Fuscus, dos aurigas recordados en sendas inscripciones funerarias en verso.



La primera de ellas, CIL II 4314, se encuentra grabada sobre un bloque de caliza de color amarillento de 26 x 72 x 55 cm. En la parte superior, entre las líneas 1 y 4 de la inscripción, sería cincelado un auriga vencedor con la palma de la victoria en la mano izquierda y el brazo derecho extendido, según una iconografía conocida en el mundo romano; la figura, cuya cabeza por desgracia se ha perdido, fue tallada en bajorrelieve, estando quizás pintada originalmente, y representa al joven fallecido. Realizada con mucho cuidado y cariño, los datos del fallecido, en las cinco primeras líneas, están escritos en letras mucho más grandes que el resto, en verso. Conocida desde el siglo XVI, pasó a formar parte de la edificación del palacio arzobispal de Tarragona en el momento de su construcción, encastrándose en sus muros junto con otras ocho inscripciones, momento en que quizás fue recortada. No sería extraída de allí hasta 1992 con motivo de la exposición Roma a Catalunya.




D(is) M(anibus)
Euty{aurigae imago}cheti
aurig(ae) {aurigae imago}ann(orum) · XXII
Fl(avius) · Rufi{aurigae imago}nus · et
 Semp(ronia) · Diofanis servo · b(ene) · m(erenti) · f(ecerunt)
Hoc rudis aurigae requiescunt ossa sepulchro
nec tamen ignari flectere lora manu
Iam qui quadriiugos auderem scandere currus
et tamen a biiugis non removerer equis.
Invidere meis annis crudelia fata,
fata quibus nequeas opposuisse manus
Nec mihi concessa est morituro gloria circi,
donaret lacrimas ne pia turba mihi.
Ussere ardentes intus mea viscera morbi
 vincere quos medicae non potuere manus
Sparge, precor, flores supra mea busta, viator;
favisti vivo forsitam ipse mihi.

"Al auriga Eutyches, de 22 años. Flavio Rufino y Sempronia Diofanis a su siervo que bien lo merecía. Descansan en este sepulcro los restos de un auriga principiante bastante diestro, sin embargo, en el manejo de las riendas" 
Texto puesto en boca del auriga"Yo, que montaba ya sin miedo los carros tirados por cuatro caballos, no obtuve permiso, con todo, para conducir más que los de dos. Los hados, los crueles hados, a los que no es posible oponer resistencia, tuvieron celos de mi juventud. Y, al morir, no me fue concedida la gloria del circo, para evitar que me llorara la fiel afición. Abrasaron mis entrañas malignos ardores, que los médicos no lograron vencer. Te ruego caminante, derrames flores sobre mis cenizas: tal vez tu me aplaudiste mientras vivía"

Eutyches, pues, aunque "bastante diestro en el manejo de las riendas", era sólo un principiante y posiblemente corrió muy pocas veces en el gran circo de Tarraco sin alcanzar la fama por sus victorias, ya que señala que no conoció jamás la gloria -puede que incluso no llegara a ganar nunca ninguna carrera- y que, a su muerte, no le llora "la fiel afición"; de hecho, quién le dedica la lápida son sus dos amos, Flavius Rufinus y Sempronia Diofanis, y no sus posibles admiradores, al contrario que a Fuscus, nuestro siguiente protagonista. Es más, su afirmación de que "montaba ya sin miedo los carros tirados por cuatro caballos", nos indica que no hacia mucho tiempo que había comenzado a conducirlas, de ahí que únicamente obtuviera permiso para conducir bigas, no llegando posiblemente a correr en público sobre una cuadriga. Eutyches, fallecido a los 22 años de algún tipo de dolencia estomacal cuando comenzaba a destacar en la arena, únicamente pudo soñar por tanto con la gran fama de Fuscus.





La inscripción de este gran auriga, CIL II 4315, consiste en un altar de piedra caliza local de Santa Tecla de 168 x 71 x (45) cm. La decoración de la parte superior está prácticamente destruida, pero no las molduras superior e inferior que enmarcan el campo epigráfico; en la zona central, presenta de igual forma una fractura de gran tamaño. Como en la inscripción de Eutyches, el epígrafe de Fuscus fue grabado con mucho cuidado, llegando a dejar el lapicida espacios en blanco al final de palabra para indicar la frontera del verso. Conocida desde el s. XVI, los diversos autores indican lugares de hallazgo muy diversos; por desgracia, en el siglo XVIII, el altar fue regalado por el Ayuntamiento de Tarragona al general inglés James Stanhope, quien la transladó a Chevening (Sevenoaks, Condado de Kent, al sur de Londres), donde se haya actualmente. 






D(is) M(anibus)
Factionis Venetae Fusco sacra-
vimus aram de nostro, certi stu-
diosi et bene amantes; ut sci-
 rent cuncti monimentum
et pignus amoris. Integra
fama tibi, laudem cur-
sus meruisti · certasti
multis, nullum pauper timu-
 isti · invidiam passus sem-
per fortis tacuisti; pul-
chre vixisti, fato morta-
lis obisti. Quisquis homo
es · quares talem. Subsiste
viator, perlege, si memor
es. Si nosti, quis fuerit vir,
fortunam metuant omnes,
dices tamen unum. Fus-
cus habet titulos mor-
 tis, habet tumulum · Con-
tegit ossa lapis, bene habet
fortuna, valebis. Fudimus
insonti lacrimas · nunc vi-
na. Precamur, ut iaceas pla-
 cide. Nemo tui similis
τοὺς σοὺς ἀγῶνας αἰὼν λαλήσει

"Hemos consagrado un altar a Fusco, del equipo azul, de nuestros recursos, aficionados como éramos y devotos suyos, con tal de que todos lo reconozcan como un recuerdo suyo y prenda de amor. La fama la mantienes completa, por tus carreras has merecido alabanza, has competido con muchos, incluso sin dinero, no has temido a nadie, a pesar de sufrir envidias, siempre has callado, íntegro, has vivido honradamente, pero como un mortal has muerto cuando te ha encontrado el destino. Cualquiera que seas y leas esto, intenta ser como él. Detente caminante, lee con calma, si recuerdas quién era, si has conocido cómo era este hombre. Teman todos a Fortuna; tú, sin embargo, dirás sólo esto: "Fusco tiene ya las letras de la muerte, tiene una tumba. La piedra cubre los huesos, ¡ya está bien! Fortuna, ya puedes marchar" Hemos vertido lágrimas por este inocente, y ahora verteremos vino. Rogamos que reposes plácidamente. ¡Ninguno comparable a ti! Por siempre jamás se hablará de tus carreras"

La suerte de Fuscus no pudo ser más distinta a la de Eutyches. Estrella del equipo azul, una de las factiones presentes en todo circo romano, de su gran fama habla claramente el hecho de que su inscripción funeraria le fuera dedicada por sus admiradores, quienes solo tienen para su recuerdo palabras de admiración y amor, llegando a definirse a sí mismo como "devotos suyos" y a erigirle como ejemplo a seguir ("cualquiera que seas y leas esto, intenta ser como él"); de hecho, enumeran alguna de sus virtudes más destacadas, como no haber temido a alguien, haber sido indiferente a las envidias, ser íntegro, vivir honrado, saber guardar silencio en el momento adecuado... La influencia de Fuscus, pues, transcendía el ámbito del circo e iba más allá de su habilidad para las carreras, un ejemplo claro de la pasión de los romanos por los espectáculos

viernes, 10 de febrero de 2017

Tras las revueltas de Roma

"Galba se veía llevado de aquí para allá por el vario empuje de la fluctuante turba, mientras por doquier se llenaban las basílicas y los templos, proporcionando un lúgubre espectáculo. Y no es escuchaba voz alguna del pueblo o de la plebe, sino que los rostros estaban atónitos y los oídos atentos a todo; no había alboroto, pero tampoco tranquilidad, cual suele ser el silencio que acompaña a los grandes miedos y a las grandes iras. Sin embargo, a Otón se le anunciaba que se estaba armando a la plebe. Manda que vayan a toda prisa y que se anticipen a los peligros. Y así, unos soldados romanos, como si fueran a arrojar a Vologeses o a Pácoro de su trono ancestral de los Arsácidas, y no marcharan a degollar a un emperador inerme y anciano, tras dispersar a la plebe y pisotear al Senado, irrumpen en el Foro al galope de sus caballos" 
Tácito, Libro I, 40

Así narra la magistral pluma de Tácito, en sus Historias, el asesinato del emperador Galba como consecuencia de la hábil conspiración urdida por Marco Salvio Otón, uno de sus sucesores, en el mes de enero del 69 d.C., más conocido hoy como el Año de los Cuatro Emperadores. El anciano César, desprevenido e indolente, intenta cruzar en su litera el cada vez más atestado foro de Roma; la gente, que quizás haya escuchado rumores de lo que va a suceder a continuación, acude a contemplar el fin de su nuevo emperador con la misma disposición con la que acudiría a contemplar los juegos en el anfiteatro; quizás, incluso, muchos de ellos, descontentos con el nuevo gobierno, estén implicados en el inminente regicidio. De pronto, unos soldados, elegidos por Otón como brazo ejecutor, irrumpen sin ningún miramiento en medio de la creciente turba y la plebe, espantada, huye sin mirar atrás.

Ésta es la forma habitual de describir a los habitantes de la Urbe entre los escritores de la Antigüedad: una muchedumbre siempre ociosa, sin oficio ni beneficio alguno, que, actuando como un único ser egoísta, irracional, manipulable, corruptible y propenso a la violencia, al tiempo que se despreocupa por el bienestar del Estado y el destino de Roma, tan sólo se interesa por su propia integridad, por su diversión y por su insignificante supervivencia. Sin embargo, en una ciudad habitada por más de un millón de habitantes, como es lógico, era imposible que todos pensaran de la misma forma, que todos actuaran de la misma forma y que, por tanto, todos estuvieran a un mismo tiempo implicados en los numerosos disturbios y revueltas que conoció Roma a lo largo de su azarosa Historia. Por desgracia, sus pensamientos individuales, sus puntos de vista contrapuestos, sus diversas vivencias y hasta sus nombres se han diluido en el olvido con el paso inexorable del tiempo, y aquellas personas dispares han quedado reducidas finalmente a lo que nunca fueron, esa muchedumbre anónima, sin rostro, que Tácito tan magistralmente describió en sus obras... O no siempre. Eso es lo maravilloso de la Epigrafía.

Cuando paseamos por el Museo Arqueológico de Nápoles y contemplamos, abstraídos y -¿por qué negarlo?- embobados, las restos siempre impresionantes de las ciudades sepultadas por el Vesubio, es fácil pasar por alto piezas arqueológicas en principio menos llamativas. Es el caso de la inscripción que nos ocupa, CIL VI 29436. Se trata de una tabla de mármol hallada en algún lugar desconocido de la ciudad de Roma que contiene la breve historia de Ummidia Ge y de su esclavo o coliberto Publio Ummidio Primigenio.



Ummidiae Manes tumulus tegit 
iste simulque Primigeni vernae
quos tulit una dies nam Capitolinae
compressi examine turbae
supremum fati competire
diem

Ummidia(e) Ge et P(ublio) Ummidio Primigenio
vix(it) an(nos) XIII P(ublius) Ummidius Anoptes lib(ertus) fecit




"Este túmulo contiene el espíritu de Ummidia, así como el de Primigenio, esclavo nacido en casa, quienes nos fueron arrebatados el mismo día;
cuando ambos fueron aplastados por una turba enfurecida en la colina del Capitolio, ambos llegaron al día marcado por su destino. Para Ummidia Ge y Publio Ummidio Primigenio, quién vivió trece años. Su liberto, Publio Ummidio Anoptes, hizo (esta inscripción)"


Datada entre los años 51 y el 170 d.C. en función del tipo de letra, Ummidia y Primigenio pudieron haber contemplado la muerte de Galba en el año 69 a.C. y morir aplastados por la muchedumbre que huía del foro invadido repentinamente por soldados a caballo; pudieron caer durante los disturbios posteriores a la muerte de Nerón, durante el asalto al Capitolio por las tropas de Vitelio, al fallecer también asesinado Domiciano, o en las protestas contrarias a Cómodo. Pudieron perecer en alguna protesta por el alto precio del trigo, por algún impuesto abusivo, por alguna guerra impopular, por algún político desprestigiado, o por algún otro conflicto que nunca conoceremos... Ambos son parte de los infinitos protagonistas desconocidos de la Historia. Pero, al menos, gracias a esta inscripción tan humilde, podemos distinguirlos con algo de esfuerzo entre la densa multitud desconocida, y puesto que en la Antigüedad decir el nombre de los muertos era traerlos de nuevo a la vida, si alguna vez pasáis por Nápoles...

te rogo praeteriens dicas 
"te ruego, paseante, digas (su nombre)"