miércoles, 26 de julio de 2017

La Kandake Amanirenas, la enemiga más desconocida de Roma

En la larga Historia de Roma, son muchos los que se enfrentaron al poder del creciente Imperio, pero pocos tan olvidados en la actualidad como el reino de Kush, quizás porque la propia Roma no quiso dejar demasiado constancia de su más que evidente derrota contra este reino africano ni presentar a la kandake Amanirenas como a la nueva, y en este caso, victoriosa reina Cleopatra.

Kush era una región situada a lo largo del valle del Nilo que comprendía el sur del actual Egipto y se extendía por el norte del actual Sudán, situada en concreto entre la segunda catarata y la confluencia del Nilo Azul y el Nilo Blanco. Se trataba además de una de las dos regiones en las que se dividía la antigua Nubia, con Wawat (hasta la segunda catarata del Nilo) y la provincia egipcia de Ta Seti ("Tierra del Arco") al norte. La riqueza en materias primas, sobre todo en oro, de Kush despertó pronto el interés de Egipto por el territorio, constatándose expediciones egipcias a la Baja Nubia en una época tan temprana como la del faraón Narmer, en el período arcaico; sin embargo no será hasta Sesostris I, durante el Reino Medio, que la conquista puede considerarse como concluida. Será en el decimoctavo año del reinado de este último faraón cuando se mencione por vez primera el nombre de Kush. Se trató de momento de una conquista puramente militar pensada únicamente para el control de recursos.

En el Segundo Período Intermedio de Egipto (1780-1580 a.C.) los egipcios pierden el control de la zona, pues, aprovechando la invasión de los hicsos, los nubios destruyen todos los fuertes egipcios y liberan la región. Surge entonces en Kerma (al sur de la tercera catarata) una poderosa dinastía local, que la convirtió en la primera capital del Reino de Kush. Se han conservado incluso evidencias de acuerdos diplomáticos entre los hicsos del Delta y kushitas en contra del Alto Egipto, último reducto egipcio controlado por el faraón Kamose. Expulsados los hicsos, la Dinastía XVIII reinició la ocupación. Amenhotep I (1527-1506 a.C.) creó el cargo de "virrey de Kush", quien con residencia oficial en Aniba, administraba el país y sólo respondía ante el faraón. Su sucesor, Tutmosis I (1506-1494 a.C.) terminó de liquidar el Reino de Kush, ocupando hasta la quinta catarata e iniciando en Kush un período de fortísima aculturación egipcia que caracterizaría el resto de su historia: los kushitas adoptaron su cultura, su religión e incluso su administración. Sin embargo, al finalizar la Dinastía XIX y durante la Dinastía XX la situación cambia: con Ramsés XI, un sacerdote llamado Herihor (1090-1074 a.C.) se convierte en virrey de Nubia y a la muerte del faraón se proclama rey. Hacia el final de la Dinastía, alrededor del 1050 a.C., se produjeron violentos movimientos separatistas que iniciaron el Tercer Período Intermedio y supusieron el desmembramiento de Egipto en multitud de reinos independientes, quedando Nubia durante dos siglos por completo a su suerte

Finalmente, el rey Alara (775-760 a.C.) unificaría toda Nubia Superior, desde Meroe hasta la tercera catarata del Nilo y establecería en Napata la capital religiosa de Kush, situada inmediatamente después de la cuarta catarata del Nilo. Esta primera etapa del reino kushita, conocida como etapa napatiense (aprox. 750-300 a.C.), tenía una fuerte impronta egipcia. Alara sería sucedido por Kashta (760-747 a.C.) y Pianjy (747-716 a.C.), quién conquistaría gran parte del Alto Egipto hasta establecer la nueva frontera del reino más allá de Tebas. La ocupación, sin embargo, no fue permanente, siendo su sucesor Shabaka (716-701 a.C.) quien afianzara el mando, facilitado por el hecho de que en esta época, Egipto, controlado por príncipes libios, estaba dividido en pequeños reinos, que podían por tanto presentar poca oposición. Durante casi un siglo (747-664 a.C.), bajo el gobierno de la Dinastía XXV, Egipto fue controlado por su antigua provincia Nubia, hasta que en 660 a.C. obtuvo de nuevo la independencia con ayuda de los asirios. Fue Taharqa (690-664 a.C.) quién debió enfrentarse a la expansión asiria, para, tras las ventajas iniciales, replegarse hasta Napata; a su muerte, el rey asirio Assubanipal en el 663 a.C. saquearía la ciudad de Tebas y con su sucesor, Tanutamón (664-656 a.C.) finalizaría el dominio de los reyes nubios en Egipto. La dinastía kushita, sin embargo, siguió gobernando el sur del territorio.

Tras la retirada, Napata entró en decadencia. Tanutamón fue el último de los soberanos locales en hacerse enterrar en la necrópolis de El-Kurru en Napata. Sus sucesores lo hicieron en una localidad cercana, Nuri. Nubia se mantendría integrada, pero por completo aislada de la escena internacional, y paulatinamente se iría africanizando. Todo cuando sabemos de este período es que se produjeron pequeñas luchas contra los pueblos nómadas medja/meded y rehreh, tradicionales enemigos de Kush, y los blemios, un pueblo del sudeste. Se conoce también la sucesión y fechas aproximadas del reinado de los siguientes cuatro reyes (Atlanersa, Senkamanisken, Anlamani y Aspelta), pero nada de los hechos acaecidos durante sus respectivos reinados. En 591 a.C., durante el reinado de Aspelta, el faraón Psammético III invade Kush al frente de un ejército de mercenarios griegos, capturando Napata, con lo que la capital debe trasladarse al sur, cerca de la sexta catarata, a Meroe, fundada probablemente bajo Pianjy. Sin embargo, la ocupación egipcia apenas dura y, tras la retirada, Napata continúa como capital religiosa y principal necrópolis real durante algún tiempo. De nuevo, de los reyes posteriores a Aspelta, durante los siglos V y VI a.C., se conoce muy poco: se conservan algunos monumentos y, a menudo, únicamente sus pirámides. Egipto finalmente será conquistado por el rey persa Cambises II y, más tarde, por el rey macedonio Alejandro Magno, pero ambos sin embargo fracasarán al intentar extender su control hacia Nubia. Desde finales del siglo V a.C. los nubios se fortalecen, aumenta la actividad constructora y se tiene mayor constancia de su desarrollo histórico, si bien el conocimiento de la escritura jeroglífica se va perdiendo.

Arkakamani (hacia 280 a.C.) fue el primer rey de la época meroítica. Bajo el nombre de Ergamenes, es uno de los pocos reyes kushitas que los autores clásicos, como Diodoro Sículo, mencionan. Bajo su reinado, Meroe, desde hacia tiempo capital de Kush en sustitución de Napata, se convirtió también en necrópolis real; la cultura kushita abandonó definitivamente los rasgos egipcios, su arte y cultura finalizan su africanización, e incorporan ahora también elementos helenos, por influencia del vecino reino ptolomaico de Egipto, si bien conservan los enterramientos reales bajo pirámides de pequeña altura como uno de los rasgos más distintivos de su cultua, y al dios Amani, nombre nubio del egipcio Amón, como dios principal, aunque paulatinamente se verá desplazado por Apedemak, deidad nubia vinculada a la nueva dinastía meroítica. De los reyes que sucedieron a Arkakamani se conoce muy poco, y de la mayoría sólo se tiene constancia por sus pirámides. Hay indicios de que Kush atacó el Egipto ptolemaico y capturó la Baja Nubia, donde se conservan templos de los reyes kushitas Adikhalamani (a quién se debe el templo de Debod situado ahora en Madrid) y Argamani. Shanakdakhete sería la primera reina nubia o kandake que gobernó Kush, y si bien bajo su reinado aparecen las primeras inscripciones en escritura meroítica, es Amanirenas la más destacada de las kandakes kushitas, si bien la más conocida es Amanishakheto, gracias a su extraordinaria colección de joyería descubierta en 1832 por el explorador italiano Guiseppe Ferlini y al hecho de haber sido mencionada en la Biblia (Hechos de los Apóstoles 8, 27)

Pero, ¿quién era Amanirenas? Las inscripciones la otorgan tanto el título de Qore como de Kandake, lo que nos sugiere que actúo como reina y gobernadora de Kush entre los años 40 y 10 a.C. Por lo general, se acepta que Amanirenas es la reina "Candace" que Estrabón menciona en su relato sobre la guerra romana contra Meroe (27-22 a.C.), describiéndola como valiente y ciega de un ojo. Su nombre además se asocia con los de los reyes meroítas Teriteqas y Akinidad, posiblemente su esposo y su hijo. Sería Teriteqas quién, según Estrabón, iniciara la ofensiva aprovechando la ausencia del prefecto de Egipto, Aelius Gallus, en la campaña de Arabia del año 24 a.C.; sin embargo, atribuir el inicio de las hostilidades al enemigo y no al propio Estado romano es un recurso bastante extendido en toda la historiografía romana pensado para descargar de toda responsabilidad a Roma en el conflicto y para presentar la guerra como una campaña legítima de defensa y no un ofensiva ilegítima sin mediar provocación previa, que era en verdad lo más frecuente. En este caso, no debe descartarse, que, apenas seis años después de haber convertido Egipto en provincia romana, el Imperio, en plena expansión, no hubiera puesto también sus ojos en la rica Kush y deba atribuírsele a Roma y no a Meroe -que vivía, como hemos visto, replegada sobre sí misma- las primeras hostilidades, que Estrabón sin embargo no registra. Para Estrabón, el inicio de la guerra se debió a los ataques kushitas contra Syene, actual Asuán. La conquista de esta ciudad y de Philae, no obstante, se debieron no a Teriteqas, que murió al parecer poco después de iniciada la guerra, sino a Amanirenas y Akinidad, quienes llegarían hasta la isla de Elefantina. Madre e hijo volverían a Kush con numerosos prisioneros y un gran botín, incluyendo varias estatuas del emperador Augusto, una de las cuales, realizada en bronce, sería enterrada por la reina bajo la entrada de su palacio, de tal forma que ella y todos los que iban y venían pudieran pisar la cabeza del enemigo.

La victoria, no obstante, no duraría mucho, siendo expulsados los kushitas de Syene un año más tarde por Publio Petronio, sucesor de Aelius Gallus en la prefectura de Egipto. Según el detallado informe realizado por Estrabón (17; 53-54), las tropas romanas, tras recuperar la actual Asuán, avanzaron inmediatamente hacia Kush, llegando finalmente a Napata. Aunque no tardaron en retirarse de nuevo al norte, dejaron atrás una guarnición en Qars Ibrim (Primis), que se convirtió, durante menos de un lustro, en la frontera más meridional del Imperio romano. Los kushitas harían varios intentos de apoderarse de Primis, pero los sucesores de Petronio repelieron todos los ataques. Tras la muerte de Akinidad en Dakka hacia 24 a.C., que dejó a su madre Amanirenas al frente del gobierno kushita durante los siguientes catorce años, se iniciaron las negociaciones de paz. De nuevo la iniciativa partió de los meroítas, según Estrabón, quienes enviaron embajadores a Augusto, entonces residente en la isla de Samos. El tratado, firmado entre 21/20 a.C., estableció no sólo que los kushitas quedaban exentos de pagar cualquier tipo de tributo a Roma, sino también que los romanos evacuarían todo el territorio kushita hasta entonces conquistado, incluida la fortaleza de Primis; los romanos seguirían ocupando el Dodekashoinos como zona fronteriza militar, por lo que la frontera se situaba de nuevo cerca de Hiere Sycaminos (Maharraqa), igual que en  31 a.C. con la conquista del reino ptolemaico de Egipto. Sorprende la firma de un tratado tan favorable para los kushitas y tan perjudicial para los romanos, a pesar de que, según Estrabón, la ventaja militar se decantaba a favor de éstos últimos; ello nos lleva a pensar nuevamente que el escritor nos está ocultando la verdad de los hechos, y que los kushitas, de alguna forma, habían logrado neutralizar al ejército romano o decantar la balanza de la guerra a su favor. El tratado, que debemos atribuir únicamente a Amanirenas, continuó vigente hasta finales del siglo III, momento en que el reino de Kush desaparece, siendo hasta entonces las relaciones entre Meroe y el Egipto romano completamente pacíficas.


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Imágenes:
Fotografías 1, 2 y 3: Distintas representaciones artísticas de Amanirenas
Fotografía 4: Pirámides de Meroe
Fotografía 5: Posible representación de Amanirenas en el templo del León en Naqa
Fotografía 6: Detalle de la joyería hallada en la tumba de la reina Amanishaketo 

Recomendamos el siguiente comic sobre Amanirenashttp://www.rejectedprincesses.com/princesses/amanirenas

martes, 11 de julio de 2017

¡¡¡Quinto Aniversario!!!

Hace ya cinco años que comencé a escribir Los Fuegos de Vesta con el simple objetivo de llenar mis muchas, aburridas y larguísimas tardes muertas de joven desempleada, de reencontrarme conmigo misma y aquella pasión desbordante que me había impulsado a estudiar Historia, después de recibir más portazos y decepciones que alegrías tras abandonar la facultad, pero ahora, 343 publicaciones más tarde -¡¿cuándo me ha dado tiempo a escribir tanto?!-, puedo decir, con inmenso orgullo, que se ha convertido en mucho, mucho más: aquel batiburrillo bastante caótico de noticias y relatos cortos -bajo el nombre, ahora, de Relatos de la Antigua Roma- dio paso a historias más extensas -la desdichada Aquilia Severa, mi querido Euno, el Rey Esclavo, la valiente Drauca, la olvidada  Claudia Livila...- por las que poco a poco han ido desfilando Emperatrices a Esclavos, y comenzó a incorporar además artículos de divulgación -no os perdáis por ejemplo la serie de Mujer y Literatura o sobre el fin de la República Romana-, diversas biografías y este una nueva sección dedicada a Epitafios romanos

Gracias al blog, pero también al grupo de facebook y twitter, he conocido a personas fantásticas, leído cosas maravillosas y descubiertos lugares inolvidables, que han hecho que mereciera la pena todos y cada uno de los minutos delante del ordenador. Así pues, como los cuatro años anteriores, esta no es una celebración exclusiva mía, sino que la quiero compartir con todos vosotros, aquellos que la han hecho posibles, los responsables de esas 413.700 visitas que ya registran Los Fuegos de Vesta -es decir, que sólo en este año se han cuadrupliado el número de visitas de los cuatro años anteriores juntos!!!-, esos 4211 seguidores en facebook -se me salen un poco los ojos de las órbitas cuando veo esas cifras-, 237 en google, 69 en blogger, 1740 en twitter, y, por supuesto, tantos y tantos anónimos que han dedicado aunque fuera un sólo minuto de su tiempo a cada noticia, relato o artículo.

De todos vosotros es sin duda el increíble logro de haber alcanzado, no sin dificultad y algún conato de rendición -primero el máster, ahora el doctorado... creo que debería dejar de dormir...-, estos cinco años mucho más que mío, y no hay mejor forma de agradecéroslo que llegar a un quinto año... y seguir creciendo. Si, creo firmemente que ha llegado la hora de expandir aún más el mundo de Los Fuegos de Vesta y mientras me preparo para daros lo que espero sea una grata sorpresa -aunque temo no poder concretar una fecha-, sólo me queda añadir:


¡¡LARGA VIDA A LA DIOSA VESTA!!

sábado, 8 de julio de 2017

La casta Virginia

En nuestra revisión del papel de las mujeres en la obra de Tito Livio (ver nuestros artículos anteriores Lavinia, Las Sabinas, Tarpeya y Tulia: las mujeres en la obra de Tito Livio y El mito de Lucrecia) había una ausencia destacada, si bien por desgracia poco conocida: la trágica historia de una virgen plebeya llamada Virginia, sucedida durante el Decenvirato. Para comprender su desarrollo, y sobre todo, la decisión final del padre de la protagonista de este artículo, debemos analizar, aunque sea de forma breve, una de las cualidades más apreciadas según la literatura latina en toda mujer romana: la castitas. La castitas romana, al contrario que el concepto actual de "castidad" -fuertemente influido por el cristianismo-, no constituía una renuncia a las relaciones sexuales, sino a cualquier tipo de contacto íntimo fuera de los principios morales y religiosos imperantes, es decir, cualquiera que se diera fuera del matrimonio; por consiguiente, no sería una promesa de abstinencia sexual, sino un voto de fidelidad a un sólo hombre. No obstante, la castitas romana era, principalmente, un ideal de integridad sexual del cuerpo de la mujer romana; ello suponía negar a la mujer cualquier posibilidad de convertirse en objeto y deseo sexual no sólo de cualquier hombre que no fuera su legítimo esposo, sino incluso de éste. Actos tales como desear el cuerpo de la esposa, pretender que disfrutara de la relación sexual o tomara parte activa de la misma, o incluso ansiar verla desnuda, ya fuera parcial o totalmente, suponía degradar su dignidad como matrona, aniquilar su castitas, equipararla simple y llanamente con una prostituta o una esclava. Es la defensa de la castitas de su prometida Virginia lo que lleva a Lucio Icilio a pronunciar su encendida arenga contra el sistema del Decenvirato.

El Decenvirato fue una magistratura extraordinaria de la República romana establecida en el siglo V a.C. en el marco de la lucha entre patricios y plebeyos, y pensada para reemplazar a los cónsules. Los decenviros disponían no sólo de poder consular, sino que tenían también amplias funciones judiciales y religiosas. La misión principal de los decenviros era redactar nuevas leyes pensadas para regular las relaciones entre ciudadanos y sustituir del derecho consuetudinario-que tantas disputas había causado entre patricios y plebeyos por la interpretación libre y la aplicación severa que los primeros hacían de las leyes en perjuicio de los segundos -por un derecho escrito, normativa que tomaría cuerpo en las llamadas Leyes de las XII Tablas. El decenvirato se mantuvo durante dos años, siendo ocupada por dos colegios de decenviros sucesivos. El primero, formado por patricios exclusivamente y presidido por Apio Claudio Craso, redactó las primeras diez tablas. El segundo, formado por patricios y plebeyos y bajo la misma presidencia, fue mucho menos efectivo, pues su labor se limitó a sólo dos tablas. Además, se vio profundamente afecta por ambiciones personales y, al término de su año de gobierno, sus componentes se negaron a dimitir, como era normativo, manteniéndose ilegalmente en el poder y ejerciéndolo de forma despótica. El fin de su gobierno se vería marcado, al igual que la Monarquía romana derrocada varias décadas atrás, por el abuso cometido contra una mujer. En el caso de la Monarquía, la violación de Lucrecia; en el caso del Decenvirato, el abuso cometido contra Virginia. La historia de ambas mujeres, de hecho, guarda una enorme relación entre sí, tal como nos la narra Tito Livio en su Libro III, 44-58, quién afirma al comienzo de su relato:

"A esto (la muerte de Lucio Sicio) le siguió una segunda atrocidad, resultado de una lujuria brutal, que ocurrió en la Ciudad y llevó a consecuencias no menos trágicas que las que tuvo el ultraje y muerte de Lucrecia, que había provocado la expulsión de la familia real. No sólo tuvieron los decenviros el mismo final que los reyes, sino que la causa para que perdiesen el poder fue el mismo en ambos casos" (Tito Livio, III, 44)

Al igual que Sexto Tarquinio por Lucrecia, Apio Claudio, presidente del colegio de decenviros, sintió lo que Livio califica como "una lujuria brutal" y "una pasión culpable" por Virginia "una virgen de nacimiento plebeyo. El padre de la niña, Lucio Verginio, tenía un alto rango en el ejército de Álgido; era un hombre de carácter ejemplar, tanto en casa como en el campo de batalla (...) Había prometido a su hija con Lucio Icilio, que había sido tribuno, un hombre activo y enérgico". De nuevo, igual que Sexto Tarquinio intentó conseguir cumplir sus deseos mediante ruegos y juramentos de amor, Apio "trato de prevaler sobre ella (Virginia) mediante regalos y promesas". Ello equivale a la primera y segunda violación de la castitas de Virginia, no sólo porque al intentar convencerla con presentes la equipara, de forma consciente o inconsciente, con la prostituta que vende su cuerpo, si no también porque la ha convertido públicamente en objeto y sujeto de su deseo sexual, impensable hacia toda mujer romana que se preciara y respetara, una pasión además ilegítima, puesto que Claudio ni es su marido, ni su prometido, ni pretende serlo. Sin embargo "su virtud (la de Virginia) era a prueba contra toda tentación", y Apio, como Tarquinio, finalmente "recurrió a la violencia brutal y sin escrúpulos". Aprovechando, como Sexto Tarquinio, la ausencia de un padre y una prometido o marido que pudiera proteger a la mujer objeto de su deseo:

"(Apio Claudio) encargó a un cliente, Marco Claudio, que reclamase a la muchacha como su esclava y no cediese a ninguna demanda de los amigos de la joven para retenerla hasta que el caso fuera juzgado, pues pensaba que la ausencia del padre le daba una buena ocasión para este desafuero. Cuando la chica iba a su escuela en el Foro, el secuaz del decenviro la agarró y manifestó que ella era hija de un esclavo suyo, y ella misma esclava. Luego le ordenó que le siguiera y la amenazó, si vacilaba, con llevársela por la fuerza (...) (Marco Claudio) había ensayado una historia que ya conocía perfectamente el juez (Apio Claudio), pues éste había sido el autor del argumento. Cómo había nacido la muchacha en su casa, robada de ella, llevada a casa de Virginio y presentada como su hija" (Tito Livio, III, 44)

Apio, pues, pretende aniquilar por completo tanto la castitas como la dignitas de Virginia, pues al pretender convertirla, por medios ilegales, en su esclava, no sólo tendrá acceso irremediablemente a su cuerpo cómo y cuando quiera desde su posición dominante de amo, sino también destruirá su propia identidad al negarla algo tan inherente a la misma como era su ciudadanía. Y todo parece indicar que podrá lograr su deseo. Aunque la multitud reunida en el Foro, a los gritos de la sierva de Virginia, se opuso a esta acción, pues tanto el padre de la muchacha, Virginio, como su prometido, Lucio Icilio, eran muy respetados, forzó a Marco a llevar el caso ante los decenviros, que estaban encabezado por el propio Apio Claudio, lo que obviamente no auguraba un juicio justo. En el tribunal los defensores de Virginia manifestaron que su padre estaba ausente, como lo estuvo también el padre de Lucrecia años atrás, y que debía ser llamado para defender a su hija. Pero Apio Claudio no estaba dispuesto a renunciar a su presa tan fácilmente, aunque tuviera que pasar por encima de las leyes que él mismo colaboró a fijar por escrito: "Pidieron que se interrumpiese el procedimiento hasta la llegada del padre y que, de acuerdo con la ley que él mismo había redactado, se entregase la custodia de la muchacha a quienes asegurasen su libertad, y que no pudiese la doncella en plenitud sufrir peligro en su reputación (es decir, que no se abusara de ella de ninguna manera, ni física, ni mental ni por supuesto sexualmente). Su decisión (...) fue que se citase al padre y, en el entretanto, el hombre que la reclamaba no debía renunciar a su derecho a llevarse a la muchacha y dar seguridad de que se presentaría con ella a la llegada de su presunto padre" (Tito Livio, III, 44-45). 

Es importante el matiz: Apio ordena que Marco se comprometa a presentarse con Virginia en el tribunal cuando su padre pueda al fin comparecer, pero no dice absolutamente nada de que deba mantener intacta su reputación. Así pues, Apio no descarta declarar finalmente que todo ha sido un simple malentendido y devolver a la muchacha a su casa cuando su padre comparezca dos días más tarde, pero no antes de haber abusado de ella. El prometido de Virginia, Lucio Icilio, se da cuenta de sus intenciones, e irrumpe a gritos en el tribunal:

"Por tus órdenes, Apio, se me expulsa a punta de espada para ahogar cualquier comentario sobre lo que quieres mantener oculto. Me voy a casar con esta doncella y estoy decidido a tener una esposa casta (...) Desahoga tu crueldad en nuestras espaldas y cuellos; pero deja a salvo, al menos, el honor de nuestras mujeres. Si se hacia violencia a esta muchacha (...) no podrás ejecutar tal sentencia sino al precio de nuestras vidas. ¡Reflexiona, Apio, te lo pido, el paso que das! Cuando Virginio haya venido, él deberá decidir que acción tomar acerca de su hija; si accede a la pretensión de este hombre, tendrá que buscar otro marido para ella. Mientras tanto, reivindico su libertad al precio de mi vida, antes que sacrificar mi honor" (Tito Livio III, 45)

Así pies, Icilio está decidido a morir si es preciso, pero no por Virginia, hacia la que no parece sentir ningún tipo de sentimiento amoroso, sino por su castitas, requisito indispensable para que algún día pueda ser su esposa y cuya existencia garantiza su honor como futuro marido. Si Virginia pierda esa cualidad, incluso por decisión de su padre, Icilio renuncia a casar con ella y, apartándose a un lado, permitirá que Apio haga lo que quiera con ella. Sin embargo, esa no es la intención de Virginio ("¡Es a Icilio y no a ti, Apio, a quién he prometido a mi hija!; la he criado para el matrimonio, no para el ultraje" Tito Livio III, 47). Apio lo sabe, y por eso intenta por todos los medios impedir que Virginio declare: pretende interceptar los mensajeros que se le envían, ordena que no se le concede permiso para ausentar del campamento, sugiere incluso que se le arreste, y cuando todo eso falla, y Virginio se halla ya en el Foro, le impide hablar e intenta desviar las acusaciones contra él relativas a Virginia acusando a los partidarios de padre e hija de sedición: "El decenviro, totalmente poseído por su pasión, se dirigió a la multitud y les dijo que había comprobado, no sólo por el insolente abuso de Icilio el día antes y por la violencia de Virginio que el pueblo romano podía atestiguar, sino por una información definitiva que le había llegado, que durante la noche se habían celebrado reuniones en la Ciudad para organizar un movimiento sedicioso. Avisado del riesgo de disturbios, había venido al Foro con una escolta armada, no para herir a ciudadanos pacíficos, sino para afianzar la autoridad del gobierno acabando con los perturbadores de la tranquilidad pública" (Tito Livio, III, 48). Y así, valiéndose de la fuerza y de su posición privilegiada como presidente del colegio de los decenviros, Apio consigue su deseo y declara que Virginia es esclava de Marco. "La gente retrocedió y dejó a la niña abandonada a la injusticia. Virginio, no viendo ayuda en ninguna parte, se dirigió al tribunal: "Perdóname, Apio, si he hablado sin respeto, perdona el dolor de un padre. Permíteme que interrogue aquí a su nodriza, en presencia de la doncella, por los hechos exactos del asunto; pues si he sido llamado padre con engaño, podría dejarla marchar con la mayor resignación"" (Tito Livio III, 48)

Se trata de una trampa: "Habiendo obtenido el permiso, llevó a la muchacha y a su ama de cría junto a las tabernas cercanas al templo de Venus Cloacina (...) y allí, empuñando un cuchillo de carnicero, lo hundió en su pecho diciendo: "Hija mía, ésta es la única forma en que puedo darte la libertad" (Tito Livio III, 48). Al contrario que Lucrecia, quién se da muerte así misma para eliminar la impureza que ha dejado en su cuerpo la violación de Sexto Tarquinio, Virginia no puede elegir ese camino, sino que a de ser obligatoriamente su padre quién la libre de la deshonra. En el relato de Livio (recomendamos nuevamente leer nuestro artículo anterior El mito de Lucrecia), la noble Lucrecia se opone a Sexto Tarquinio, se resiste al destino que este quiere imponerle, y cuando no tiene más remedio que aceptarlo, no se resigna: llama a su padre, a su marido y a dos testigos, expone los hechos y finalmente pone fin a su vida por su propia mano. Lucrecia ejerce un papel activo en su tragedia, tiene lo que el propio Livio llamó "un ánima masculina". Virginia no. Ella no se resiste cuando Marco Claudio la secuestra por la fuerza en el Foro, se deja llevar aquí para allá por los partidarios de Apio o de su padre sin pronunciar una queja, y finalmente, cuando la condenan a la esclavitud, no hace tampoco nada. Lucrecia era un sujeto, Virginia sólo es un objeto. La prueba más fidedigna del papel pasivo de Virginia es que, también al contrario que Lucrecia, jamás toma la palabra en su propio relato, sino que guarda un absoluto silencio. Así pues, debe ser Virginio, uno de los agentes activos del relato, quién tome la iniciativa y ponga fin a la deshonra de su familia, aún a costa de su hija. 

Su muerte, como la de Lucrecia, pone fin a un gobierno injusto mediante la misma puesta en escena (Tito Livio III, 48): el cuchillo ensangrentado, la multitud de simpatizantes, mostrar el cuerpo sin vida de la víctima al pueblo, pronunciar una arenga contra el culpable y todo cuanto él representa.... Todas estas semejanzas y las ya expuestas anteriormente han llevado a muchos a considerar que la historia de Virginia está inspirada en la de Lucrecia y que si bien, no necesariamente es por entero una invención, si toma muchos elementos prestadas de la misma. Sin embargo, como hemos visto, aunque muchas partes de su desarrollo puedan tomarse prestadas de la violación de Lucrecia, ambas protagonistas, en cuantos a su actitud, son diametralmente opuestas y, por tanto, debió tratarse de dos mujeres distintas, influidas por dos épocas y dos educaciones distintas.


IMÁGENES.
Fotografía 1: "Virginius y su hija" (1897) en la ciudad de Tervuren. Obra de Élise Bloch
Fotografía 2: "La muerte de Virginia" (1878). Obra de James Sheeidan Knowles
Fotografía 3: "La muerte de Virginia" (1760). Obra de Francesco de Mura
Fotografía 4: "La muerte de Virginia" (1857). Obra de Nikolay Ge
Fotografía 5: "El destino de Virginia" (1882). Obra de Camillo Viola
Fotografía 6: "La muerte de Virginia", grabado de 1838

martes, 20 de junio de 2017

En la radio: Sexo y familia en Roma

Tras nuestras dos primeras colaboraciones, una de ellas en su programa inaugural, en las que pudimos hablar de nuestras queridas sacerdotisas vestales -podéis escuchar esta primera entrevista en el siguiente enlace: Istopia Historia Nº1 (11-10-16)- y de la situación de la provincia romana de Judea en tiempos de Jesús -no dudéis en clickear aquí para saber más: Istopia Historia Nº23 (11-04-2017)-, volvemos a ponernos en las manos de Juan Ramón Ortega Aguilera, del blog Istopia Historia, para formar parte de su nuevo y más ambicioso proyecto: un programa semanal de radio sobre Historia emitido por la emisora local Radio Iznájar, el cual se emite martes a las 20:00 y miércoles a las 13:00.

En esta ocasión hablamos largo y tendido sobre sexo y familia en Roma: los recursos mágicos y los métodos médicos usados para evitar el embarazo o bien para ponerlo fin; las infecciones sexuales; las enfermedades venéreas; la importancia de la descendencia no sólo para la familia, sino también para la sociedad y el Estado; los papeles contrapuestos del marido y la esposa; las relaciones sexuales con esclavos; la prostitución....y mucho, ¡mucho!, más... ¿De verdad os lo vais a perder?

El programa se emitió los pasados días 18 y 19 de junio; sin embargo, por fortuna para aquellos que no pudieron escucharlo, se subió a continuación a Ivoox para que podáis disfrutarlo cómo y cuándo queráis, disponible tanto para escucharlo online como para su descarga. Por lo demás, disculpad cualquier error producto de los nervios y ya tan solo desearos que lo disfrutéis tanto escuchándolo como yo grabándolo.

¡¡Sin más dilación, aquí lo tenéis!!: ISTOPIA HISTORIA Nº32 (13-06-2017)

jueves, 8 de junio de 2017

Una familia compleja

Gracias a la tesis que estoy redactando dedicada a la epigrafía funeraria de Tarraco he podido estudiar multitud de inscripciones cuanto mínimo curiosas y muy interesantes producidas por los habitantes de una ciudad tan cosmopolita como era la capital de provincia de Hispania Citerior. Algunas ya se han visto anteriormente en el blog: La pasión por las carreras se centra en dos inscripciones funerarias en verso dedicados a sendos aurigas, y en El extraño epitafio de Luceia Optata un marido recrimina a su esposa muerta su mala actitud con él mientras vivía. Hoy os traigo un epígrafe igual de especial: CIL II 4352 (RIT 458)

Se trata de un pedestal de caliza gris local Llisós, de medidas desconocidas, con parte anterior pulida y posterior tan solo excavada. Presentaba varias roturas, principalmente en su parte superior, inferior y derecha, sin duda como consecuencia de una reutilización posterior al siglo XVI, momento en que un autor constató que estaba intacta. Tenía varias imperfecciones en superficie y algunas letras no habían sido inscritas, si no grabadas superficialmente con punzón. Se localizó detrás del altar mayor de la Catedral, en el lado izquierdo del pavimento; fue estudiada por última vez en 1969, momento en el que se pierde su pista.

Clodiae · Q(uinti) · fil(iae)
Rufinae
[I]ulia  Helice
avia · et
Rufina · matertera
pientissimae

"(Dedicado) a Clodia Rufina, hija de Quinto. Su abuela Iulia Helice y su tía Rufina a (una mujer) piadosísima"

La inscripción en principio no parece tener nada especial, pero no es así: las inscripciones dedicadas a una mujer en el mundo romano solían proceder de sus padres, sus hijos o su marido, pero en este caso el pedestal le es dedicado a Clodia Rufina por su tía y su abuela, lo que podría indicarnos que era huérfana y además bastante joven, puesto que no estaba casada ni tenía descendencia. Pero eso no es lo más curioso de la inscripción

Si nos fijamos en los nombres de nuestras tres protagonistas, vemos en primer lugar que Clodia Rufina, con un nomen (Clodia), un cognomen (Rufina) y filiación (Quinti filia) era claramente una ciudadana romana. Su abuela, en cambio, sin filiación, y con un cognomen de origen griego (Ἑλίκη), era posiblemente una liberta. ¿Y su tía? Con un único nombre y sin filiación, era seguramente una esclava. Así pues, en tres generaciones de una misma familia, tenemos tres mujeres con tres estatutos jurídicos distintos. ¿Cómo pudo suceder? La abuela, liberta, consiguió su libertad y la de una de sus hijas, la madre de Clodia, puesto que ésta pudo casarse en algún momento de su vida -los esclavos carecían de ese derecho-, posiblemente con un ciudadano romano, de quién Clodia heredó su estatuto jurídico... Sin embargo, no pudo conseguir la libertad de su otra hija, Rufina, quién permaneció en la esclavitud. Así pues, algunas familias romanas eran bastante complejas.


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Imágenes: "Exedra" y "Una familia romana", de Lawrence Alma-Tadema

jueves, 25 de mayo de 2017

Un alquiler demasiado elevado

Le palpitaban los oídos, le ardían las mejillas, le martilleaban las sienes, y un tenaz riachuelo helado recorría, con timidez inexistente y dulzura cierta, su espalda quebrada, ya encorvada, y ensuciaba los profundos surcos de sus manos apergaminadas. Sin embargo, la humilde Nympherusa no admitió su derrota hasta que en el último tramo -el octavo tramo- de aquellas sinuosas escaleras sintió flaquear las piernas y sus rodillas claudicaron. Aún así, se negó a apoyarse en la mugrienta pared de pintura desconchada en la que tantos y tantos inquilinos escribieran obscenidades y contra la que alguien, no hacía mucho, defecara; tampoco se sentó en los peldaños astillados -los que todavía ese invierno en las estufas de los vecinos no se quemaran- donde la polilla y la carcoma por doquier anidaban. Por el contrario, de pie, oscilante, combativa, titilante, se obligó a sí misma, con sumo esfuerzo, a seguir con la pupila entrecerrada la enfebrecida carrera del sarnoso gato negro en persecución de alguna rata, a fin de forzar a sus ojos a despejar la nube negra que poco a poco los empañaba. Un zumbido tenue en los oídos y una maldición hecha con desgana. No caería, se dijo la humilde Nympherusa. Tomó una bocanada. El gato hubo de conformarse con una araña. La vida, se repitió, no podía derrotarla. Al otro lado de la pared, alguien gritaba. De repente, un golpe fuerte, una caída, un ruego, un sollozo. Prefirió no saber nada. A través de los ocho tramos de escaleras por medio de multitud de viviendas ya había sido invitada indeseada de demasiadas escenas: un bebé que mamaba, una pareja que con ardor copulaba, un vecino que los espiaba, una vieja que cocinaba, una niña que se afanaba en la limpieza de un suelo que sin querer ella pisara, una mujer que remendaba, un esclavo huido que intentaba deshacerse del collar que lo delataba, un robo a varias casas, dos vecinas que cotilleaban... A unos les era indiferente y otros la despreciaban, pero Nympherusa ya estaba acostumbrada, y ese había sido un día demasiado largo como para que le importara. 

No había empezado bien cuando una de sus vetustas y remendadísimas sandalias se rompiera definitivamente en la bajada a primera hora de la mañana. Mientras aún se quitaba las últimas legañas, hubo de decidir entre no comer o andar descalza; la humilde Nympherusa ni siquiera estaba segura de poder ganar lo suficiente para una de las dos cosas: ya era sólo una puta vieja a la que nadie deseaba, los deshechos de mejores bocas, los restos que la ciudad escupiera con desprecio tras años de devorarla. En el cementerio de Via Ostiense había acechado codiciosa el dolor de los vivos a la espera de aprovecharse de las pertenencias de los muertos. Su nuevo calzado le estaba pequeño y le hacia daño, pero era mucho mejor que pisar desperdicios y barro. En aquella búsqueda había perdido la mayor parte de su día, y los pocos desesperados que la usaron contra las lápidas no la habían arrojado más que miseria. Su estómago rugía insatisfecho después de día y medio. Tendría que esperar aún más, por el momento.... Empujó la puerta carcomida del reducido cuartucho donde vivía; por las rendijas de madera que faltaban se habían colado dos perros callejeros, pero los ocho pares de ojos que se volvieron para mirarla era evidente que agradecían el calor de sus cuerpos. Era noviembre y por la abertura irregular del techo soplaba un viento gélido; el súbito desprendimiento de una viga dos semanas antes había matado a la joven viuda Rectina y dejado cojo al mendigo Thymelicus -lo que, en verdad, y en eso estaban todos de acuerdo, no le venía nada mal para el negocio-. Su sangre aún podía verse en el suelo; en cuanto a su cuerpo, creían que había sido arrojado a la fosa común del Monte Esquilino. Al menos, como hacía tres días, no llovía y el cuartucho no tenía ninguna ventana por la que pudiera colarse más viento. Bajo un cielo cuajado de estrellas, todos se apiñaban en el irregular suelo en torno al brasero que Pomponius, un jornalero recién llegado del campo, había recogido hacia poco de un vertedero; por el orificio de su base tiznaba de continuo los pies y el suelo. Aquel día, el único colchón, aquel sucio colchón que había conocido demasiados dueños y encuentros, le había tocado por suerte a Nereo, un asesino a sueldo. Nympherusa, resignada, se sentó contra la pared, en el diminuto espacio que aún restaba, se enredó en su manto lleno de agujeros y, con las piernas encogidas, se dispuso a dormir sobre el hombro de Riccius, el antiguo y arruinado dueño de una fullonica. El negro humo del brasero, en el que ardían los restos de una silla sustraída a uno de los inquilinos del cuarto piso, no tardó en embotar sus sentidos y solamente alcanzó a dar su consentimiento para dar la bienvenida al día siguiente a un décimo compañero de cubículo: era la única opción para pagar el elevado alquiler que se les exigía. Aquel fue, sin duda, el último pensamiento de su vida.

Dijeron que el fuego se originó en la panadería de la planta baja, que algún esclavo descuidado, es posible, no apagó bien el horno tras dorar los últimos panes del día. O que algún brasero olvidado prendió la sábana de alguna cama. Lo cierto es que las llamas, en aquel edificio atestado de más de cuarenta años, se extendieron con rapidez por las maderas secas y ancianas mientras todos en su interior dormían, y aunque los inquilinos de las primeras y más lujosas plantas salieron sin muchas complicaciones y salvaron sin problemas la vida, cuando los que vivían en las plantas superiores y más pobres supieron lo que ocurría, ya era tarde para encontrar una salida. Los más afortunados murieron asfixiados; algunos se arrojaron por las ventanas, desesperados; otros se negaron a rendirse y murieron calcinados. El dueño de la propiedad, un ambicioso joven llamado Numisius Fuscus -que la recibiera en herencia-, impotente y sin ningún daño, lo veía todo desde el otro lado de la calle y se lamentaba con estrépito de sus pérdidas. No tardaron en acudir en su ayuda una cuadrilla de esclavos perteneciente al senador Marcus Licinius Crasus, entrenados en la rápida extinción de incendios.... siempre que antes el dueño vendiera a su amo la propiedad a un buen precio. Ambos hombres negociaron acaloradamente largo tiempo: a medida que ascendían las llamas, el senador bajaba su precio y para cuando el fuego alcanzó al fin el octavo piso, Fuscus tuvo que admitir al fin, por mucho que ello le enfureciera, que poco a poco se estaba quedando sin nada que vender a Crasus. Por cinco veces menos del valor de mercado acabó por ceder la propiedad del inmueble incendiado, y se selló la venta con un apretón de manos en el mismo momento en que la estructura colapsaba de forma definitiva y se derrumbaba con un rugido agónico y lastimero. Al día siguiente, diligentes esclavos de la casa Licinia retirarían por igual escombros y cadáveres y, sin hacer distinción ninguna, vertieron todo en el vertedero más cercano. El senador Crasus no tardó en edificar una nueva insula en el lugar donde se hallara la antigua y en menos de un año, había recuperado sus pérdidas y triplicado los beneficios que una vez Fuscus obtuviera.

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Para saber más:

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jueves, 27 de abril de 2017

¿Una sacerdotisa vestal en Hispania?

Tras hablar de la excepcional necrópolis de gladiadores localizada en la antigua provincia de Baetica -para saber más no dudéis en leer Gladiatores in Corduba-, tras asistir anonadados a La pasión por las carreras experimentada por los romanos y reflejada en dos hermosos epitafios en verso hallados en Tarraco, y tras descubrir sorprendidos El extraño epitafio de Luceia Optata, en que su marido aprovechaba la lápida de su esposa fallecida para arremeter contra ella, hoy os traigo otra de esas inscripciones cuanto menos peculiares de la epigrafía española. Se trata de CIL II 267* y procedía al parecer de Medinaceli, en la provincia de Soria. En la actualidad no se conserva nada de ella, pero la conocemos gracias al historiador zamorano Florián de Ocampo, quién realizó una copia de la misma en la primera mitad del siglo XVI.
Dis Manibus. 
Caiae Proculae Caii Proculi filiae sacrorum ignium deae Vestae custodi fidissimae collegii Vestalium sorori.
Vixit annos XXII menses VII dies IIII cui nulla dies sine manifestatione ardentis pietatis currebat

"A los dioses Manes de Caya Prócula, hija de Cayo Próculo, custodia de los fuegos sagrados de la diosa Vesta, hermana fidelísima del colegio de las vestales. Vivió veintidós años, siete meses y cuatro días; no pasaba un día sin mostrar una encendida piedad"

La extraña estructura nominal de la fallecida, con un praenomen (del que carecían las mujeres romanas) y un cognomen, pero ningún nomen, ya debería ponernos en sobre aviso de lo inusual de la inscripción. También resulta cuanto menos extraño la presencia de una Virgo Vestalis tan lejos de Italia cuando, en general, nunca abandonaban Roma mientras duraba su servicio a la diosa. Sin embargo, sin duda lo más sorprendente del epígrafe es el énfasis que se pone en el fervor religioso de la difunta. El tono y las expresiones utilizadas (con formas postclásicas como manifestatio o currere dies, o la estructura nulla dies sine manifestatione, que recuerda a una famosa sentencia medieval) refuerzan la sensación de encontrarnos ante una religiosidad más propia del medievo cristiano que del imperio romano... y es que así es.

CIL II 267* es una inscripción falsa (el asterisco así nos lo indica ya de entrada) y lo cierto es que inscripciones de este tipo son más frecuentes de lo que en principio pueda parecer. Durante el Renacimiento, y en menor medida, el Barroco, muchos lugares recurrieron a la elaboración de epigrafía falsa para, mediante su atribución al Imperio romano, dotarse de un pasado más glorioso -para saber más os recomiendo leer la introducción de "Epigrafía hispánica falsa del primer Renacimiento español", de Gerard González Germain y Joan Carbonell Manials, que encontraréis online aquí-. En este caso, Medinaceli, fundada sobre los restos de la ciudad de Occilis, aunque en el siglo XVI podía mostrar algunos restos de muralla romana así como el impresionante Arco del Triunfo de tres vanos, único en la península, no había comenzado a destacar hasta la Edad Media, cuando se convirtió en un enclave destacado para el avance de la Reconquista. Mediante CIL II 267*, Medinaceli pretendía reivindicarse así misma y dotarse de la misma importancia histórica, política y cultural que otras ciudades españolas como Tarragona, Cartagena o Córdoba.

No es el único caso en que el culto a Vesta fue utilizado en el Renacimiento en una falsificación epigráfica, ya que el gran prestigio del que gozaron sus sacerdotisas en la antigua Roma hacia su mención idónea para el propósito que perseguían estas imitaciones. También nos hemos encontrado con el caso de CIL II 269*

Publio Sextio Publii Sextii filio sacrorum ignium deae Vestae optime merito inmunitate ad quinquennium opera eius ab imperatore Nerva Traiano Caesare Augusto toti patriae concessa Arcobricenses iuvenes et veteres statuam in foro posuere

"A Publio Sextio, hijo de Publio Sextio, perfecto merecedor de los fuegos sagrados de Vesta, los jóvenes y los ancianos de Arcobriga le han erigido una estatua en el foro, por haber conseguido del emperador Nerva Trajano César Augusto la exención de impuestos a toda la patria durante cinco años"

La inscripción, ubicada en Arcos del Jalón, pretende relacionar esta localidad con la antigua Arcobriga, ciudad de la Celtiberia a la que aluden Plinio el Viejo (Nat. 3, 24) y Ptolomeo (Geog. 2, 6, 57), y en verdad ubicada en Monreal de Ariza (Zaragoza). De nuevo, vemos el intento de otorgar a una determinada localidad un pasado más glorioso, en este caso identificándose directamente con una ciudad romana mencionada en las fuentes escritas antiguas. Sin embargo, comete varios errores que rápidamente nos indican que es falsa: no sólo la estructura nominal inusual de la persona honrada, si no también la cláusula en que se mencionan los Fuegos de Vesta relacionados con un varón y la referencia jurídica a la exención fiscal por parte del emperador. Sin embargo, no siempre es fácil diferenciar auténticas de falsas, tal como podéis ver aquí, asi pues, hay que tener ciudado.