martes, 21 de julio de 2015

La Conjuración de Catilina

A pesar del enorme poder y autoridad ejercidos por Pompeyo Magno en las provincias orientales -ver el artículo anterior La era de Pompeyo Magno-, en la capital sus partidarios no controlaban la escena política completamente. Craso aprovechaba la ausencia de Pompeyo para intentar convertirse en el hombre más poderoso de Roma; para ello no sólo volvió a recurrir como siempre a su vasta fortuna e influencia, debida su extensa clientela, sino que, ahora, empezó a aprovecharse de las ambiciones de jóvenes políticos opuestos al Senado, entre los que se encontraba Cayo Julio César.
Ligado por lazos familiares a Mario (su tío)1 -ver el artículo anterior Cayo Mario y los "populares" y Cinna (su suegro)2 -ver artículo anterior La dictadura de Sila-, Julio César vio abortada su carrera política por el golpe de Estado de Sila, que le incluyó por sus conexiones familiares en su lista de proscritos, obligándole a exiliarse3, por lo que, muerto el dictador, se convirtió en ferviente partidario de los ataques contra el régimen que había instaurado. Así mismo, ganó gran popularidad explotando, precisamente, el recuerdo de Mario4, aunque sin descuidar sus relaciones con la oligarquía y los grandes personajes del momento, como Craso y, más tarde, Pompeyo. Así, logró ser nombrado tribuno militar en el año 72, cuestor de la Hispania Ulterior en el año 69 y edil curul en el año 65 a.C.5
Dos años después, en el 63- año en que César lograba el pontificado máximo6 -, Craso, al tiempo que obtenía la censura, apoyaba a otro de sus protegidos en la carrera política. Dicho protegido era Lucio Sergio Catilina, un noble arruinado; él también había comenzado su vida pública como partidario de Sila, pero su mala y merecida reputación le había empujado, primero, hacia la oposición “radical” y, más tarde, al círculo de Craso. En el 63, Catilina deseaba obtener el consulado, pero para lograr este cargo, habría de enfrentarse al candidato de la oligarquía senatorial, Marco Tulio Cicerón.
Cicerón, miembro de una familia ecuestre de provincias, había logrado acceder al Senado gracias al apoyo de importantes miembros de su clase y a sus grandes cualidades oratorias. Las humillaciones y los obstáculos que sufrió en el transcurso de su carrera le introdujeron en la oposición moderada y el círculo de Pompeyo, quién le respaldó en su intento de obtener el consulado del 63. Cicerón logró finalmente la victoria junto a Antonio Híbrida, otro amigo de César y de Craso. Obsesionado, como homo novus, al igual que Mario en su época, por que la nobilitas le aceptara como un igual, Cicerón ejerció su consulado de acuerdo a la más estricta tradición republicana; de hecho, es posible que su gobierno hubiese pasado desapercibido sino hubiera sido por Catilina.
Tras ver frustradas todas sus esperanzas de lograr el poder por vía legal, y todavía más arruinado en el intento, Catilina intentó obtenerlo, supuestamente -porque su propósito real no está aún claro-, con el golpe de Estado que le haría famoso. Éste debía iniciarse, al parecer, con el levantamiento armado de varias regiones de Italia, entre ellas Etruria, donde uno de los conjurados, Manlio, poseía un gran número de partidarios. De Etruria la “revolución” debía pasar a Roma, donde, después del asesinato de ambos cónsules, Catilina y sus partidarios ocuparían el poder. “Campesinos arruinados, víctimas de la reforma agraria, impuesta por la fuerza, y los proletarios urbanos, hundidos en la miseria, se dejaron conquistar por este plan revolucionario, urdido por aristócratas resentidos y frustrados, en el caótico marco de la violencia política que caracteriza a la generación postsilana”7
Sean como fuesen, los planes de Catilina fueron lo suficientemente descabellados como para que el propio Craso, su antiguo protector, los denunciara ante Cicerón tras conocerlos. El cónsul consiguió del Senado el senatusconsultum ultimum, que deba plenos poderes para proteger al Estado romano: se ejecutó a todos los partidarios conocidos de Catilina8, y, aunque éste logró huir a Etruria, moriría más tarde a manos de las tropas gubernamentales, en un enfrentamiento armado en Pistoya.
En el juicio contra los cómplices de Catilina se había distinguido el cuestor Marco Porcio Catón, un intransigente defensor del Senado, de intachable moralidad estoica, que enseguida se ganó múltiples partidarios. “Su meta principal y común era la regeneración del Estado, librándolo de las agresiones producidas por la irresponsable política popular y los ambiciones individualistas”9

1 Plutarco, Vida de César, I
2 Plutarco, Vida de César, I; Suetonio, Cayo Julio César, I
3 Plutarco, Vida de César, I; Suetonio, Cayo Julio César, I
4 Plutarco, Vida de César, V y VI; Suetonio, Cayo Julio César, VI
5 Plutarco, Vida de César, V-VI; Suetonio, Cayo Julio César, V, VI y IX
6 Plutarco, Vida de César, VII; Suetonio, Cayo Julio César, XIII
7 Roldán, Historia de Roma, 228
8 “Si César le dio o no secretamente algún calor o poder (a los conjurados) es algo que nunca se pudo averiguar”, Plutarco, Vida de César, VIII

9 Kovaliov, Historia de Roma, 521

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*Fotografía 1: "Cicerón pronuncia su discurso contra Catilina", Cesare Maccari
*Fotografía 2: Busto de Marco Tulio Cicerón, copia de original romano por Bertel Thorvaldsen, en Copenhague

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