viernes, 17 de enero de 2014

Yo, Claudia Livila

¿Qué habrá de quedar de mí cuando me haya ido? Mi recuerdo no me importa. Seré por siempre lo que vosotros creáis que he sido. Finalmente, la falsa Livila habrá vencido, pero no solamente la que yo creara, si no también todas aquellas que otros por mí formaran, tan distintas entre sí que me es imposible decir que son hermanas. Porque nadie en verdad me ha conocido, nadie en realidad ha querido, y sola he subsistido entre mis desconocidos, a quién llamara hermanos, maridos, amantes, amigos, hijos. Casi lo he preferido...Yo misma soy lo único que siempre he tenido, lo único que no habéis nunca ni podéis jamás arrebatarme. El corazón de toda mujer, madre, tu lo debes saber, es un profundo abismo insondable de secretos inabarcables, de recuerdos inconfesables, donde a salvo de miradas indiscretas puede por fin reencontrarse con su propia esencia... Madre, dices que nunca he querido, que mi alma de ambición y piedra, como la noche negra, es incapaz de haber concebido un sentimiento tan humano y genuino, y no entiendes que te estoy ofreciendo a pecho abierto, solo a ti, mi don más preciado, aquel que durante casi toda mi vida he guardado bajo cuatro candados para que no pudieran volver a destrozarlo, que ello es la máxima prueba de mi inmenso amor por ti, un amor, madre, que no te has merecido... más, ¿no es acaso eso la suprema muestra de que te he querido? Estaba dispuesta a dártelo todo a cambio de la más absoluta nada únicamente por la dicha amarga que que fuera tuyo. Cuando me haya ido solo tú podrás decir que me has conocido, si bien sospecho que ni aún en mis últimas horas me has comprendido. También para ti habrá una Livila falsa cuando me haya ido... ¡Dioses! ¡¿Es ese mi castigo?! ¡Qué mi alma perezca en la hoguera una vez se haya encendido, que cada minúsculo fragmento de mi ser se reduzca a cenizas y vuele con el viento hasta desaparecer! ¡Qué mi recuerdo lo engulla por siempre la historia y nadie pueda decir jamás que he existido! Lo prefiero a sobrevivir como otra persona en la memoria... ¿Quieres saber que habré de ser cuando el hambre y la sed me hayan vencido? Tan solo carroña, en nada distinta a la ruina que dejó Augusto tras sus últimas horas, un diminuto, arrugado, irreconocible despojo, los restos consumidos de viejas glorias, el recuerdo amorfo y despreciado del hombre que durante más de cuarenta años había dominado Roma, más ninguno de los allí reunidos vertió por él una sola lágrima: esa es la verdadera Roma que nos amamanta, la que nos utiliza hasta que inservibles nos arroja a una zanja. Sino se conmovió con la muerte del primero de sus ciudadanos, del Padre de la Patria, ¿por qué habría de esperar alto mejor, algo distinto, para mí cuando me vaya? Pues Augusto había cumplido su papel en esta farsa y el resto de actores estaban angustiados sobre cómo continuarla.
La incertidumbre y el miedo se extendieron por la villa, por Nola, por Italia, a medida que la noticia de la muerte de su primer ciudadano era conocida y corría por las calles y reptaba bajo las puertas de las casas y comerciaba en los mercados y viajaba en las caravanas. Raudo se anunció a mi tío Tiberio como heredero, pero a titulo privado por supuesto testamento; nada había dejado escrito Augusto sobre la sucesión del Imperio y nunca se había establecido que el reino pudiera o no ser hereditario, y si, en caso de serlo, la decisión de los destinos de Roma correspondía a Augusto, a un único hombre, o a la totalidad del Senado y el pueblo romano. Los poderes extraordinarios que a aquel le habían sido concedidos le fueron entregados en situación de caos y amenaza, para que estableciera orden y trajera calma. Dejados atrás tan fatídicos hechos tras décadas de prosperidad y bonanza, ¿por qué habría de prolongarse aquella situación fuera de toda legalidad republicana prolongando más en el tiempo un sistema de gobierno que tanto a la odiada monarquía se asemejaba? Y, sin embargo, eran pocas las voces que clamaban por el fin de la casa de los Césares, acostumbrados como estaban a los beneficios de la paz romana. Con la amenaza de una nueva guerra civil sobre sus cabezas entre partidarios de una y otra causa, se dispuso el cadáver embalsamado de Augusto en la estancia principal de la casa, sobre el mismo lecho donde expirara, vestido con la púrpura y adornado de guirnaldas, pero los senadores reunidos en torno a sus restos no lamentaban su fallecimiento, ni lloraban la perdida ni se esforzaban por enumerar las mil y una cualidades del César, si no que discutían en corrillos, en susurros tenues y veloces como el viento, el destino de nuestro Imperio. Eran muchos los que abogaban por continuar la situación aclamando nuevo príncipe y emperador a mi tío Tiberio, respetando, decían, la última voluntad del muerto, y enumeraban con pasión sus ventajas callando sus defectos: comandante del ejército, experiencia en el gobierno, hombre de decenas de triunfos coronado, ciudadano respetado, regente del reino durante la larga enfermedad y agonía del viejo. Sin embargo, había quienes aún recordaban a Póstumo y, a pesar de que nunca revistió el consulado ni comandó una legión, defendían poner fin a su destierro para nombrarle si no ya único heredero si como princeps junto a Tiberio, en un consulado constante que se prolongaría décadas en el tiempo, y en el que ambos podrían vigilarse para no cometer atropellos: ¿acaso los dos no habían sido por igual adoptados como hijos por el muerto?. Como única mujer de la familia imperial presente y en condiciones de hacerlo, me había encargado de llevar a cabo las primeras honras funerarias, y mientras fingía hacerme cargo del sepelio espiaba, ávida y ansiosa, en un silencio discreto, las largas y amargas conspiraciones de quienes se creían amos de Roma. Tan perdida estaba en aquellas conversaciones de futuro y política que tardé en darme cuenta de la inexplicable ausencia de la viuda Livia. No tardé en dar con ella.
En la profunda oscuridad encontré a mi abuela, en la misma estancia en la que, paciente, acechara la larga agonía, en la misma silla donde contemplara morir al compañero de toda una vida. Padecí por ella cierta compasión, cierta misericordia, lástima. Podía comprender lo que creía sentía: en mi interior permanecía todavía la traición a Póstumo, la muerte de Cayo, como constantes heridas siempre abiertas que no cicatrizan, si no crecen en la desesperanza, en la tristeza y en la melancolía, pues te imponen como hiriente, punzante, doliente tiranía el aprender a vivir con ellas...si de vida puede calificarse una existencia en la que te arrastras a la espera de algo que jamás ocurriría. En el primer y último gesto de afecto que me permití para con aquella arpía, deposité una mano, cálida y tierna, en su huesudo hombro de piedra. De inmediato se la sacudió rauda, rabiosa y asqueada ante mi rápida presunción de su debilidad manifiesta. Furia consumada...Los ojos que me miraban brillaban de pena y de ira, y retrocedía asustada en busca de una salida ante la multitud de secretos y de maldiciones que callaba. Y, de pronto, una lágrima, una insignificante gota de agua, de añoranza, de alivio, de triunfo, de venganza. Livia tembló para luego serenarse, y volviéndose al vacío en el que no hacia mucho tiempo aguardaba un lecho y un cuerpo que expiraba, derramó un abundante caudal de palabras, de pesares largos años ocultos, de rencores nunca perdonados si no agravados, de delitos, crímenes y culpas, debilidades, cesiones, rendiciones, vergüenza, resignación, aceptación, odio y engendros deformes de un amor no sentido sino obligado. Habló no del marido recientemente perdido, si no de aquel esposo abandonado, mi abuelo Tiberio Claudio, un nombre prohibido en el Palatino y de nuevo pronunciado apenas exhalado el último aliento del enemigo. Me habló, si, de ese gran desconocido, con la dulce, dulce ignorancia de la juventud perdida, con la apasionada ternura del primer amor, capaz de cualquier cosa, hasta de ofrecerse en sacrificio y conceder el perdón. Habló también de los tumultuosos últimos años de un sistema hace tiempo caduco, obsoleto y oxidado, desgarrado por dos hombres que ambicionaban dominarlo: tu padre, Marco Antonio, y Augusto, entonces Octaviano... pero sobre todo narró todas y cada una de las malas decisiones de Tiberio Claudio. Casi sonreía divertida, pero, sin duda, por siempre amarga, mientras enumeraba cabizbaja sus lealtades equivocadas, siempre inclinadas hacia el bando perdedor en cualquier contienda que se avecinaba: primero los asesinos de César, después, en el triunvirato, unió su suerte a la de Antonio empujándole a la desastrosa guerra de su hermano donde hubieron de padecer locura, sed y hambre asediados por Octaviano en la ciudad perusina; después la huida, a través de Praenestre y Neapolis, en busca de refugio junto al náufrago Sexto Pompeyo en Sicilia, quién también sería derrotado, y, finalmente, de nuevo, Antonio, en Acaya. Solo la efímera reconciliación de los triunviros, sellada con el matrimonio de tus padres y el nacimiento de tu hermana, permitió a Tiberio y Livia regresar a casa tras tres años de efímeros exilios y constantes huidas.
En época de las proscripciones, largos listados en que tu vida valía lo mismo que tu fortuna, que tus asesinos cobrarían, creyó Livia, inusualmente estúpida, en un perdón sin condiciones y buscando el hogar que de continuo entre las manos se le escurría se instaló de nuevo en Roma en la vieja casa de la familia y pretendió olvidar por siempre persecuciones y huidas. Como símbolo de su nuevo renacer, concibió de nuevo, conformándose satisfecha con la plácida y anodina existencia de toda matrona desconocida, sin más triunfos que los conquistados sobre los esclavos y en la cocina, sin más objetivos que los hijos, sin más preocupaciones que las aburridas y mundanas, sin más gloria que la del marido y poder más allá de la casa. Pero Augusto vendría a buscarla: con el dominio del mundo disputado y necesitado de una férrea alianza con la más vieja y noble aristocracia, mi abuela Livia, como Claudia sin mácula, era la opción más indicada y poco importaba que estuviera casada y además embarazada. ¿Pensó en negarse? Ni siquiera tenía esa opción, no con aquel frágil perdón, pesando la amenaza de la proscripción. El primer amor se prestó voluntario al sacrificio por la mera compensación de que, aún no siendo más suyo, al menos continuaría vivo, y entre lágrimas dejó la casa del marido amado sabiendo que jamás habría de regresar y que debía dejar atrás también a sus hijos, uno de ellos, mi padre, apenas un recién nacido. ¿Llegó a amar a Augusto? Quizás la fuerza de la imposición, de tantos hechos compartidos, peligros vividos, logros conseguidos, generó en mi abuela por él cierto cariño, pero sobretodo aprendió a disimular, a tolerar, a ignorar, a conspirar, a espirar, pero nunca a olvidar. Recordaba, si, el obligado divorcio de Tiberio y también recordaba la batalla de Filipos, donde contra las armas de los triunviros su padre, Livio Claudiano, se entregó al suicidio... La familia Julia entera debía saldar las graves deudas contraídas con ella... Y, entonces, calló de improviso, siendo de pronto consciente de la gravedad de sus palabras, del alcance de sus tenues confesiones, de las armas que acababa de proporcionarme. Se volvió de nuevo para mirarme y yo retrocedí de nuevo buscando la puerta a tientas, pero antes logró lanzarse sobre mi como un espectral remolino de ropas negras, haciéndome frente con los pequeños ojos encendidos, cargados de reproches por la supuesta tortura a la que la había sometido. Me abofeteó la cara. Así pues, ¿por qué lloraba? ¿Por qué quejaba? ¿Acaso compartía mi lecho con el asesino de mis seres queridos? En ausencia de Tiberio por su largo exilio ella había educado a mi primo Druso con cuidado y con mimo con un claro objetivo, me había elegido y formado como sucesora, nos había unido para ser los reyes de una nueva Roma donde la pureza de la sangre Claudia se mantendría y gobernaría... ¿por qué entonces despreciaba a mi marido? ¿por qué amenazaba su gran obra negándome a proporcionarle más hijos?... La escupí en el rostro. "Porque ella me había impuesto la misma vida que para sí no había querido". Y yo, como ella, aceptaría gustosa el sacrificio, pero impondría mis propias normas. Tendría a su reina de una nueva Roma, pero su tiempo había concluido.

*Fotografía 1: "Procesión hacia el columbario", grabado
*Fotografía 2: Senador. Detalle de la decoración del Ara Pacis
*Fotografía 3: "El inesperado anillo de compromiso", Godward
*Fotografía 4: Escena de matrimonio romano, sarcófago


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